Esperanza; una mendiga en Madrid.
Los pies sucios, ennegrecidos por la noche cerrada y sin
luna, por el hollín sobre los asfaltos fríos. Una mano en el aire se alza para
conciencia de los que pasan sobre tus cartones de silla y cama, por el borde
retador de tu lata, y lo hacen sordos a tus latidos de rodillas dobladas al
destino de una época volcada al egoísmo que separa, margina, olvida y después
mata. Una mano al aire se alza y la otra dentro de un viejo abrigo de
mocedad libre, feliz y grata de sol y de fruta en el paraíso que apuntan sus
labios ya al olvido, para castigo de toda persona esculpida por el fuego de la ira
y la venganza. De sus ojos, por su rostro, el lloro de desengaño baja.
Madrid, febrero de 2005.
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