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LETRAS DE UN INDIVIDUO
Blog de poesía y relatos.
domingo, 27 de septiembre de 2026
domingo, 6 de septiembre de 2026
Del poemario "NO SOY DE CRISTAL" . Año 2022,
CONFUSIÓN
ÉTICA.
Uno
no sabe si lo de “aceptar” corrompe,
hasta el hastío,
como
los huracanes de hoy anuncian,
o
el vocero adalid supura desde su propio aplauso acomodado.
Aceptamos
desde el nacimiento,
con
la simpleza por ser,
las
dos caras de la moneda;
nos compramos y nos vendemos
por
tantos infinitos, sean trabas o sueños,
que,
aún al final del camino, no nos conocemos.
El
vuelo de una rapaz, el aullido del lobo
pudre
los ojos del conejo en su verde hierba,
el
sueño vacilante del pastor.
La
vida es una compresa que absorbe
las
mareas de la mar que nos espumea,
hasta
sabernos ser,
desde
el asidero de un vivir monolítico.
“Corrompe”
la violación de lo ético,
las
mil pinturas con la que vestimos
las
mentiras, las apariencias desnudas de una sola mirada.
“Corrompe”
un todo vale, un qué más da,
un ahora y el ya,
el
no entender la pausa del tiempo
entre
su orto y su poniente.
“Corrompe”
el desconocimiento, la inanición
del
valor de la palabra dada, la intemperie
de
la masa amorfa, dúctil, banal, cruel,
como
hace el aire con el alma del hierro.
Hay
que levantarse y ser mirado
aunque
sea por cualquier horizonte;
sea dulce, insípido o
vacío,
a
pesar del anillo fraguado en cada vida,
y
eso, sabiendo que no será suficiente.
jueves, 3 de septiembre de 2026
"DE ANTOLOGÍA 1977-2000"
La razón,
en voz baja,
se agiganta, crece
como embrión fecundo.
Dentro del vientre de una madre,
en voz alta,
La razón,
se encoge, se rompe
como vara de avellano
a la intemperie helada
de una noche invernal
y de nubes despojada.
¿Por qué todos voceamos
asustando a los corazones
que se posan en nuestras manos?
lunes, 31 de agosto de 2026
ROMANCE DEL FRITO AUSENTE.
Romance del frito ausente
hubo junta y alboroto,
que llegó Mar tan campante
con el bolso casi roto.
Traía dones marinos,
sardinas de humo glorioso,
encurtidos muy marciales,
y aceitunas con buen rostro.
Traía almendras lustrosas,
con su crujido sonoro,
y un chorizo de buen gamo,
digno de rey y de trono.
Mas apenas vio la mesa
M. José, con grande asombro,
se le heló medio semblante,
se le encogió todo el hombro.
Miró cuencos y bandejas,
miró plato, pan y todo,
y al no hallar patata alguna
se le nublaron los ojos.
“¡Ay, Mar de mis entretelas,
qué descuido tan sonoro!
Traes el mar, traes la huerta,
¡mas falta el rubio tesoro!”.
El hermano, muy solemne,
como alcalde de protocolo,
levantó ceja prudente
y dictó sentencia al modo:
“Sin patatas en verano,
sin su crujido redondo,
el aperitivo queda
como campana sin bronce.
Podrá haber sardina fina,
podrá haber gamo famoso,
pero si falta la bolsa,
todo parece poco”.
Calló Zuri bajo la mesa,
con nariz de sabio docto,
que no olía aquel perfume
de aceite, fiesta y reposo.
No pidió migas ni tapas,
no dio saltos codiciosos,
pues sin patatas fritas
no hay milagros en el morro.
Mar, que escuchaba la causa
y veía crecer el coro,
se reía sin defensa,
con risa de puro gozo.
“¡Válgame santa croqueta,
qué tribunal tan curioso!
Traigo medio colmado entero
y me miráis como a un monstruo.
Mañana cuento a mis amigas,
con detalle y con adorno,
que por olvidar patatas
me habéis abierto proceso.
Diré que me han condenado
sin abogado ni indulto,
por delito de despensa
y desacato al aperitivo”.
Rio M. José en la silla,
rio el hermano a su modo,
y hasta Zuri, si pudiera,
hubiera firmado el folio.
Brillaban las aceitunas,
reía el plato orgulloso,
mas seguía allí flotando
un silencio misterioso.
Era el hueco de la bolsa,
era el vacío más hondo,
ese espacio que en la mesa
deja el tubérculo de oro.
Porque hay leyes no escritas,
mandamientos sabrosos,
que no figuran en libros
ni se aprenden en colegios.
La primera dice clara,
con acento vigoroso:
“Si hay aperitivo serio,
que haya patata en el fondo”.
La segunda manda luego,
por consenso de los propios:
“Quien traiga chorizo y sardina,
traiga también crujir hermoso”.
Y la tercera concluye,
entre risas y alborotos:
“Perdónese todo olvido,
menos el frito sabroso”.
Mar juró desde aquel día,
con gesto grave y devoto,
que llevaría tres bolsas
por si faltaba un socorro.
Una para M. José,
otra para el juez hermano,
y una tercera escondida
por si Zuri mete el morro.
Así acabó la contienda,
sin rencores ni destrozos,
con sardinas en la mesa
y con chanzas en los rostros.
Mas quedó escrito en la casa,
sobre memoria y asombro:
no hay domingo verdadero
si no cruje algo en los ojos.
Y si Mar vuelve otro día
con regalos generosos,
antes que abra la puerta
preguntarán todos pronto:
“¿Traes patatas, hermana?
¿Traes el oro de todo el año?
Que sin bolsa y sin crujido
se nos marchita el estómago”.
Y ella, riendo, responde,
con aire noble y gracioso:
“Traigo patatas de sobra,
¡que ya aprendí vuestro código!”.
Finca
El Brezo, Navamorcuende, 30 de agosto de 2026.
martes, 25 de agosto de 2026
"EL LITOSPACIO RESPIRANDO EN SILENCIO"
El litospacio respirando
en silencio.
No
es una sala, ni siquiera un paisaje. Es una noche detenida en el instante
anterior al origen. Un territorio mineral donde el negro no significa ausencia,
sino promesa. Todo está cubierto por una materia oscura y profunda, una
superficie irregular levantada en suaves montañas, grietas, hundimientos y
ondulaciones que paren haberse formado lentamente, como si el tiempo hubiera
pasado sobre ellas durante millones de años sin que nadie lo advirtiera. Al verlo,
el observador siente primero el peso del vacío. Después, la vibración. Porque
el negro no está muerto. Bajo la piel opaca del espacio emergen volúmenes
inciertos, relieves que reconducen a órbitas todavía sin nombre, cráteres
apenas nacidos, corrientes petrificadas de una energía antigua. El suelo asciende
y desciende como una respiración cósmica. Hay zonas lisas como la ceniza fría
de una estrella extinguida y otras ásperas, rugosas, abiertas como heridas
tectónicas. Cada textura parece hablar un idioma anterior a las palabras.
En
el centro del litospacio, casi imperceptible al comienzo, brota, sin insinuarse,
la luz. Aparecía de golpe, pero sin vencer a la oscuridad. Nace dentro de ella.
Una claridad fuerte, contundente brota desde ciertas grietas, como si el
universo estuviera aprendiendo lentamente a encenderse. Son reflejos mínimos,
pulsaciones plateadas que recorren las hendiduras de la superficie negra. La
sombra las absorbe y las devolvía transformadas, más profundas, más lejanas.
Parece que la materia recuerda algo: el instante remoto en que la primera
partícula luminosa atravesó el caos primordial.
Las
piedras negras brillantes flotan sobre una geografía como cuerpos celestes
suspendidos en una gravedad secreta. Son esferas imperfectas, densas, pulidas
hasta alcanzar un brillo húmedo, casi líquido. Algunas reflejan destellos
diminutos; otras absorben toda claridad a su alrededor. Son representaciones de
unos planetas recién formados o agujeros negros esperando devorar la memoria
del tiempo. Su presencia impone una calma extraña, solemne. El espectador intuye
que cada piedra contiene una noche infinita en su interior. Hay una
especialmente grande hacia el extremo norte del espacio. Negra como obsidiana
mojada. Su superficie parece inmóvil y, sin embargo, algo en ella gira
lentamente, como una conciencia dormida. A su alrededor, la luz se debilitaba.
Las grietas luminosas desaparecen poco a poco hasta quedar tragadas por una
oscuridad absoluta. Es un agujero negro, sí, pero también una puerta, una
pregunta mineral abierta en mitad del universo.
Más
allá, dispersos sobre pequeñas elevaciones, surgen otros cuerpos menores.
Algunos son planetas todavía calientes, recién nacidos del polvo cósmico. Sus
superficies reflejan, en sus diferentes tonos de negro quemado, sus únicos y
diferentes barnices negros. Son mundos posibles. Mundos sin habitantes. Mundos
soñando todavía su propia gravedad.
El
litospacio no pretende representar el cosmos, pero sí recordar que antes de las
galaxias hubo silencio. Que antes de las constelaciones existió una oscuridad
fértil donde todo esperaba forma. Las piedras, los relieves, las cavidades y
las luces mínimas componían una cartografía emocional del origen. No es
astronomía: es memoria mineral.
A
medida que se avanza en la visión del litospacio, el espacio parece cambiar de
escala. Algunas grietas se convierten en inmensos cañones vistos desde una
altura imposible; ciertas ondulaciones recuerdan nebulosas, aún negras,
extendiéndose lentamente en la nada. El cuerpo humano pierde la proporción. El
observador ya no sabe si camina sobre una obra o sobre la superficie de un
universo en construcción. Y entonces aparece el sonido. Muy leve. Casi
imaginario. El choque de dos piedras, semejante al movimiento de una roca bajo
el océano o al eco remoto de una estrella colapsando. No viene de ningún punto
concreto; nace de toda la superficie. El litospacio entero parece emitir una
frecuencia antigua, como si las piedras conservaran todavía el temblor del
nacimiento del tiempo. La luz sigue creciendo lentamente. Nunca llegó a
dominar. Ese es el misterio. En ese universo negro, la claridad no destruye las
sombras: convive con ellas. Brota apenas para revelar contornos, insinuar
distancias, acariciar los volúmenes.
Después
de mirar y de meterse en el litospacio, el observador comprende que allí, en la
obra escultórica que tiene delante, también hay registros del interior humano; los
abismos personales, las zonas oscuras donde, aun sin saberlo, comienza siempre
a nacer una forma de luz. Las piedras negras brillantes ya no parecen objetos
astronómicos, sino pensamientos densos, recuerdos comprimidos, pérdidas
convertidas en materia eterna. Cada agujero negro es también una ausencia. Cada
planeta, una posibilidad. Cada grieta, una herida capaz de resplandecer.
Y
en medio de la inmensidad mineral, el escultor y el observador, dan con el
concepto de que el ser humano aparece reducido a lo esencial: un cuerpo pequeño
atravesando la noche, buscando señales en la oscuridad, intentando comprender
por qué el universo eligió encenderse.
sábado, 22 de agosto de 2026
Del libro "SINTAGMAS EN ROJO Y NEGRO"
Una suma de minutos, iguales,
todos iguales, inducen
al lugar de mi persona,
abren la ventana vista
al milagro de los sustos
para formar el escrito.
Y soy todo costumbre,
pensamiento en abandono,
vertido de sangres,
y agudas razones
para luz del manuscrito.
martes, 24 de febrero de 2026
DE "RELATOS, CUENTOS Y OTRAS COSAS"
ENTORNOS.
La noche se hacía escayola desde la luz de la menguante luna,
atrapándola de forma cercana. Desde que el Hombre tomó conciencia social,
decidió reunirse al calor de una muta - en este caso de amistad, según Canetti
- y disfrutaba de ella. En esa noche tallada de anochecida me dirigía a una
cena; excusa para compartir el tiempo con unas personas amigas y comprobar que
el pasado vivido con ellas no fue en vano, que el cambio ejercido por la
rotación del mundo en cada uno de nosotros no había deteriorado, de igual
forma, los deseos de nuestras escapatorias juveniles, las risas que regalamos
después de un chiste oportuno, los bailes discotequeros, las miradas que
dibujaban todo antes de ejecutar el lienzo. Subí. Desde la misma puerta de la
casa los saludos se superponían unos a otros sin forzamientos. Se daban y se
recibían entrañable y cordialmente. Me vi ante unas amigas, - digo esto porque
eran mayoría - con las que no compartía un tiempo hacía más de dos lustros. La
amistad se sentó y las respuestas a la curiosidad de tan tardío encuentro se
mezclaron con las viandas y los caldos, - los anfitriones prepararon una cena
que parecía las bodas de Camacho -, madurando un ambiente cálido, agradable.
Entre las amigas - ellas se veían con frecuencia - existía una complicidad
cartesiana, una ecuación de incógnitas ya despejadas y de solución única. Usted
lector, puede pensar que era un reencuentro puntual, una reunión en que las
formas correctas debían de prevalecer aun en el caso del disimulo o del
aguante. Nada más falso. Alrededor de aquella mesa existían unos amigos, había
vida y ganas por cogerla con las manos y una generosidad sin punto de llegada.
Hablaba con aquellas amigas y las palabras iban cargando de sentido un nuevo
capítulo de mi vida, si bien, éste partía de las páginas de mi juventud. Me
sentí orgulloso de estar al lado de mis amigas saboreando unas horas que cada
vez me son más escasas. El reloj galopaba por las verdes praderas de las
conversaciones, dentro de los silencios, escapándose con el viento de las
historias que cada boca moldeaba; los hijos de ellas jugaban y jugaban sin los
límites de la rayuela. Anduve por aquel espacio con total placidez, aun
sabiendo que llegaría su conclusión; contradicción con Einstein al afirmar que
el Espacio es curvo. Yo, en ese instante, sentí que era recto y con final.
Ahora, después de despedirme de mis amigas, aquí solo, frente a este folio que
cada vez se calienta más con los rescoldos que mi mano es capaz de atizar,
presiento que los humanos, por muy mal que estemos creando el presente y,
aunque estemos embargando un futuro que no nos pertenece, siempre tendremos un
segundo Sol para hacer y estar en paz con el único imperio que desde nuestro
enigmático inicio siempre nos ha vencido y al que irremisiblemente
pertenecemos. Esa supremacía nos es otra que