viernes, 13 de febrero de 2026

DE "RELATOS, CUENTOS Y OTRAS COSAS".

 




Visita al Museo del Prado. Belleza.


Algunas mañanas me pongo en marcha y paseo por las arenas y los olores de El Retiro. Es un camino que abre la sensibilidad de los sentidos, sobre todo la mirada. Los pasos por dicho parque es una buena puerta de contrastes antes de adéntrame en cualquier sala del Museo del Prado. Cada vez que lo visito, y ya van unas cuantas, mi asombro por las figuras, por los objetos o por los paisajes que me rodean, se agranda. La percepción de la belleza me hace mirar y mirar, hecho que luego provoca en mi consciente una reacción de palabras que más tarde me harán viajar a un conocimiento, que, en lucha vana, me acercan al entendimiento de la belleza subjetiva, pues cada uno tenemos diferentes apuntes de ella. Un ejemplo de esto es que algunos dicen, y digo que dicen porque no sé lo que piensan, que la belleza es simple, fácil, y otros manifiestan que la belleza es difícil. Personalmente no tengo la idea formada y aún menos la mirada educada para posicionarme a favor de alguna de las dos perspectivas sobre la belleza, aun acertando su razón de belleza como armonía y perfección.  
Los pasos, en este caso por el Prado, lo que me incitan es a mirar y a mirar, a observar por curiosidad, también por naturalidad; ¡qué hago en un museo si no mirar! Y digo que cada vez que entro en el Museo del Prado lo primero que me siento es un asombro por esa educación de la luz que "auroran", "mediodean" o atardecen sus paredes. Pero el mirar hay que acotarlo, hay que llevarlo a un tiempo limitado, pues si así no lo hiciera el asombro se escaparía de mi entendimiento, cambiaría de nombre y también de palabras. 

Una vez el tiempo cumplido, el caminar de nuevo por El Retiro se me hace más íntimo y todo él se me abre con distintos tonos de colores o de sombras, de arenas o de vuelos de pájaros, a los que, quizá un nuevo y pretenciosos entendimientos, me hace casi creer que puedo cogerlos.


Madrid, abril de 2006.

viernes, 6 de febrero de 2026

ALGO SECUENCIAL, POÉTICO.






 Los pasos ausentes, esperados dentro de una hora que es hábito insustancial por ser marcada, ver el mismo dentífrico vacío, asomarse a un televisión de fútbol a al bochorno del famoseo, lo quemado de una tostada de pan en bocas de prisas que agobian, el mismo e inmóvil semáforo con luz verde que no pasa nadie, el sudor en un vagón de metro atestado de gentes, casi impenetrables, el empujón de otro que jamás se detiene, la cárcel de un ordenador en blanco, el sentirse dentro de un presente que se rompe al intentar parchearlo para remediar lo irremediable; todos motivos que alimentan o devoran el orgullo intelecto, todos reparos lacerantes para una única y común razón urticante. sin embargo, la posesión de aquellos pasos ausentes tejida en ecuaciones de aire, es nimia necesidad del engaño por imposición de un yo mismo, de la desesperación de un ya, en instante perdida, de la locura sin sumidero para el credo de poderse. La angustia de unos ojos qui ni vemos ni nos ven pero que nos amedrentan con presentirlos, el oído como dardo clavado en sangres. todos círculos que como fotografías muestran lo precario de una naturaleza simple. La persona, vegetal y carne - yo creo que sólo carne - voraz ímpetu con alas de gorrión, sol de delirios, de furor hueco, fiebre a la caza de un corazón carcomido. Los dioses, espurios por nombrar un ciclo absoluto, reclaman un sin número de inmolados para su sostén; con el peso de la lluvia sus mismos cuchillos se hacen arena y luego golpe que rompe, aturde, desde la cresta amanecida hasta los huesos rotos por su peso en sí; restos de iras ignorantes. Y las fiebres, ya muertas, recogen la polvareda desierta y seca de unas miradas que, aunque perdidas, todavía esperan los mismos pasos ausentes, pero entonces ya sin horas.



Madrid, abril 2018.

miércoles, 4 de febrero de 2026

DE "RELATOS, CUENTOS Y OTRAS COSAS".

 



Esperanza; una mendiga en Madrid.

 

Los pies sucios, ennegrecidos por la noche cerrada y sin luna, por el hollín sobre los asfaltos fríos. Una mano en el aire se alza para conciencia de los que pasan sobre tus cartones de silla y cama, por el borde retador de tu lata, y lo hacen sordos a tus latidos de rodillas dobladas al destino de una época volcada al egoísmo que separa, margina, olvida y después mata. Una mano al aire se alza y la otra dentro de un viejo abrigo de mocedad libre, feliz y grata de sol y de fruta en el paraíso que apuntan sus labios ya al olvido, para castigo de toda persona esculpida por el fuego de la ira y la venganza. De sus ojos, por su rostro, el lloro de desengaño baja.



Madrid, febrero de 2005.



martes, 3 de febrero de 2026

DEL LIBRO "NO SOY DE CRISTAL"




EXHORTACIÓN.

 

¡A quién pida el viento

de las floraciones de nuevas lunas,

de mareas que aún besan su lecho,

o del beso de la vida vagabunda,

le digo que la espiga

no brota sin riego, sin luz clara!

 

¡A quién espera los horizontes

de las mañanas no amanecidas

desde el espejo que lo retrata,

o en el asfalto que lo funde,

le aviso de su caminar a tientas

mientras no historien el tacto de sus manos!

lunes, 2 de febrero de 2026

DE RELATOS, CUENTOS Y OTRAS COSAS.




 




Pincel de la noche.

 

Una columna del Partenón se yergue desde las ovas del pez Tierra hasta la mirada de mis pulmones que embrida de asombro, repta por el velo tremolante de la voluptuosa Nyx. Unos pasos y sólo sé que soy tras la fuga cruel de lo antes ido, en el vacío que dejan las sensaciones no sentidas, por el hueco roto del viento parturiento y silente que mata las amebas del profundo charco que aguan unas lágrimas de sal y llama. Es dar mi mano y no coger nada, es posarme sobre la arena y no dejar huella. ¿Acaso tú me ves? ¿Acaso me oyes? ¡Responde! Contéstame pronto que el nanoinstante de convergencia también pasará.

 

Madrid, abril de 2006.

lunes, 26 de enero de 2026

OBRA PICTÓRICA DE FRANCISCO MORAL MORAL SOBRE "CAMPOS DE SORIA" DE ANTONIO MACHADO.

 

“Machado y Soria” de mi tío FRANCISCO MORAL MORAL.


OBRA PICTÓRICA.

 




TEXTO SOBRE LA OBRA.


Hace un tiempo mi tío Paco me invitó a su estudio para que viera una composición pictórica que estaba pergeñando desde el fondo de sus sueños y con la realidad de los versos de Antonio Machado sobre la tierra soriana como punto de comienzo. Los bocetos a carboncillo, o con óleos, o con acrílicos llenaban las mesas, las paredes y algunas sillas que servían de improvisados bastidores. Parecían florecer o esconderse unos de otros según mi tío iba leyendo algunas partes de los cantos machadianos. La idea creativa por hacer estaba clara en la palabra y en la mirada del que en aquellos momentos me exponía sus irrefrenables deseos junto con una pasión desbordada desde una única ilusión.

Y el tiempo pasa, como siempre, pero ahora, en este momento, se me vienen las sensaciones que me movieron y me conmovieron una tarde lluviosa en el estudio de Jaén de mi tío.

 Muchas veces la pretenciosidad por explicar algo, ya sea lo que sea, mata ese algo, sin embargo, lo que aquí escribiré es una simple reflexión, mi meditación, ante un hecho que nace de un intimo concepto; la creación de un tema pictórico, con toda su historia y su vida cultural, algo determinante en lo que es el pensamiento que más tarde dará una realidad nueva, compleja o no, para llegar al fruto, estético o no, deseado, aunque éste haya experimentado una profunda mutación desde su génesis.

Pero el tiempo ya está aquí. Ante mí tengo la composición “Machado y Soria” y la verdad es que estoy sorprendido y es así porque más allá de lo que cada uno sintamos por las palabras del poeta y de la técnica del pintor, el furor de la obra es tanto más vivo porque en ella observo la idea de un hombre libre y el sobresalto de su pensamiento esencialmente idealista. La naturaleza brota en la pintura y no olvidemos que lo primero que educo al hombre es esa misma naturaleza en la que se conjunta la Belleza que desde que la historia antigua, sin divisiones más o menos regladas, engloba todo aquello a lo que luego se le fue poniendo nombres. La composición que veo y saboreo es en sí misma una arquitectura, una música, una escultura, una danza, un llamamiento a lo que se puede llegar, hacer realidad en virtud de un ahínco paciente e individual con el propósito de llegar a ser libre. No basta con sentirse. Es por ello, que en cada parte de “Machado y Soria” se me antoja una curiosidad siempre alerta, un enardecimiento casi juvenil a la llamada de la sutiliza, de la vivacidad de los sentidos y una valentía del autor para metamorfosearse en sencillas o complicadas etapas del proceso creativo y por esto de su propia vida, actitud que revela algunos elementos mollares de su formación intelectual y estética, aunque al expresarlo en un solo conjunto – obra – vaya a contracorriente de la significación cultural que aborrega y alinea la Europa de hoy, es decir, a la reducción artística sin más, olvidando que todo hecho intelectual está en relación directa con la complejidad de lo que vive y bien sabemos que es mucho lo viviente. Otro vértice que me dibuja “Machado y Soria” es la psyjé griega o “alma sensitiva”, que en relación con lo que dije antes se me manifiesta, de forma velada, en las actividades más humanas; hablar, hacer, amar, habitar. Palabras estas que Machado engrandece en sus versos y que mi tío vuelca en su pintura al señalárnoslas de modo sencillo, pero no por ello menos contundente. Y para explicarme haré un paseo por la composición:

 

Si nos atenemos a una fecha de creación para esta obra, bien pudiéramos retroceder unos cuarenta y cinco años, ya que entonces el pintor se ofreció para hacer un proyecto arquitectónico para la ciudad de Soria. Quizás fuera su primer encuentro con la ciudad del Duero, pero el hecho en sí no deja de ser anecdótico.

Aquí, ante estas pinturas – una en todo el conjunto - empezaremos con una simbiosis entre las palabras de Antonio Machado, Soria en sí y los pensamientos que Francisco Moral interioriza para luego, en un ejercicio de necesidad expresiva, hacerlos emociones y mostrárnoslos aquí, en esta composición que compartimos. Pero sin más, me meteré en la obra;

al ver el conjunto, quizá se nos pase por alto el soporte sobre el que Francisco nos propone sus pinturas. El hecho de escoger tablones de madera de espíritu envejecido no es casual y ello nos indica una búsqueda de materiales pasional y a la vez lúcida, por lo que la elección del sostén se convierte en un “magister” al conciliar una experimentación renovada con un impulso alborotador. Desde luego si nos detenemos en la parte central del conjunto, vemos un tablón totalmente negro - alma de Antonio -. Un negro matizado con una textura que nos lanza al mundo machadiano con sus pálpitos, sus soledades y también, porque no decirlo, de sus apatías como fruto de la época española que vivió. Una vez visto esto, y entrando en la composición pictórica, ésta me parece rompedora, pues el pintor jienense cruza el umbral que existe entre pintar las cosas tal y como uno las ve y representar lo que conoce de ellas. En este caso y sin obviar que el pintor sabe y entiende in situ a las tierras sorianas, es evidente que aquí, en esta su pintura, lo que hace es mostrarnos una naturaleza soriana acorde con los versos de un Antonio que incorpora la Naturaleza como un elemento fundamental de sus letras, algo que no es habitual hasta su llegada a Soria. Así en las primeras tres pinturas, me asomo y siento las fuerzas que, desde lo árido y frío, me vienen para quedarse, pasando por colinas y cerros a las florecillas blancas y, arrancando el velo del tiempo, la pintura de Francisco empapa la mirada de infancia – primavera – como inicio de posibles sueños; “abejar, pastar, humear ramas, perfumar”, dice Antonio.

En un segundo paso me encuentro con un peldaño más figurativo en el que Francisco, después de dejarnos descritos los paisajes por los que Antonio abandona su mundo interior y se hace al exterior, opta por expresar, a través de algunos símbolos de unos hombres sufridos y rudos, sus meditaciones sobre un pasado que ha engendrado un presente al que desea un futuro mejor: el cesto, la nieve, un hosco ceño, el golpe de un hacha sobre el leño. - frente hendida de negro -, nos avisa el pintor.

Después de subirme al castillo y de sentirme en tierra de místicos y de guerreros, doy un tercer paso y me encuentro con las colinas plateadas, con los alcores grises, con el trazo del Duero escondido – quizá porque aquí Francisco nos esconde la adusta mirada de Antonio – para luego humanizar el paisaje con esos álamos coloridos, regados por las aguas del Duero y por la lluvia atronadora de las palabras de Antonio en los colores, en los trazos y en esta composición pictórica. Aquí, en esta parte tan singular de la obra, siento que el eco del escritor – que también será mañana – es cogido por el pincel del pintor y, en un acoplamiento casi impúdico, los dos se someten a lo que se quiere decir en un mismo instante, aunque éste sea engendrado en diferentes periodos por el capricho de una voz y por el entusiasmo de una mano. Y así, llegando al final de este paseo pictórico, me encuentro con la parte del camino más sugestivo y al mismo tiempo más emocionante e incitador; - “¡Oh sí! Conmigo vais, campos de Soria, /………/ Me habéis llegado al alma, / ¿o acaso estabais en el fondo de ella? – y en respuesta feroz a estos versos maximalistas con ribetes románticos, la pintura se hace hueco redondo por un presentimiento que sin más se hace jirones por la insatisfacción de la pregunta utópica que aparentemente aparece sin duda, ya que la sensibilidad de Francisco opera una elección – su elección – de la voz de Antonio, rompiendo cualquier frontera entre lo personal y lo real. Es por ello por lo que el pintor en este final de su composición se hace creación y acepta – nos invita a seguirlo – que sólo tendrá sentido su creación cuando él mismo se la otorgue, en este caso, con su propio sentimiento pictórico.

Y me marcho de esta composición      de Francisco con el sosiego de haber caminado entre su pincel y la voz de Antonio - un fenómeno de representación en pintura que se descompone en sus elementos primarios - con la certidumbre sabida de asistir a un encuentro - Soria, Duero, Antonio y Francisco – como recompensa de una conjunción comprensible de una problemática intelectual y de una insolente seducción.  Con estas mis palabras, animar, a todas las gentes que se asomen a esta obra pictórica de Francisco Moral Moral, a descubrir tan excepcional y mágico encuentro.

 

Pues bien, una vez intentado un leve apunte de la obra, espero que los fundamentos de toda expresión, artística o no, eso lo dejo a los expertos que de todo saben, pero sí cultural, se hayan asomado por estas líneas. Por si así no fuera, los pilares a los que me refiero son: hablar y comunicar. Lo que quiero decir es que “Machado y Soria” no se limita a la trasladar un mensaje, que por otra parte es subjetivo, sino que establece un vinculo existencial entre personas vivas, de las que cada una toma conciencia de un yo particular, único y que desde él la cultura solicita, desde su origen, la intención a lo universal. Un yo al que por formar parte de una sociedad o comunidad hemos olvidado con demasiada facilidad, sea por la comodidad o por el nihilismo del individuo tan extendido y tomado incluso como el nuevo fideísmo de estos tiempos en el opulento y mal llamado mundo occidental.

Pero me estoy yendo de la obra, aunque poco más puedo decir. Aunque aquí, delante de las pinturas de “Machado y Soria”, vuelvo a escuchar versos, a recordar paisajes y tiempos que me ultiman en unos pensamientos y en unas sensaciones que me imponen un dialogo a lo abierto de la libertad creativa sin miedo a la singularidad del individuo. Me parece, siento, que “Machado y Soria” me invitará a más charlas y hará que dialogue con nuevas visiones a través de mi vida y si respeto a muchos creadores, afamados o no, reconocidos o no, es precisamente por las innumerables llamadas que me hacen para seguir hablando a pesar de que el tiempo haya comenzado de nuevo su impagable camino.

Hasta pronto.

DEL LIBRO "RELATOS, CUENTOS Y OTRAS COSAS"


 

 


RELATO EN SORIA.


 La lluvia arreciaba y la luz blanquecina de la tarde moría sobre el parabrisas. Tras un despiste bajamos hasta el Duero. << Nos hemos pasado. Hay que dar la vuelta, - dijo mi hermano Juan a Helena>>. En ese momento, al ver la colina sobre la que se adivina Soria. Sin saber por qué, me acordé de El monte de las ánimas, una de las leyendas de Bécquer. Luego de dejar el coche, anduvimos hacia el centro de Soria en busca del hotel. Es curioso. Según andaba, mis pasos se volvían en mi busca desde las esquinas desconchadas, desde las balconadas cerradas que adornan las austeras fachadas, por los soportales que dan un matiz de amparo al transeúnte. La calle Mayor me pareció muy a pies, hecha para pasearla desde la contemplación del recién llegado. El brillo amarillo de las piedras mojadas evocaba un espíritu quieto, algo de un pasado sin prisas y que, por pasado, quizá envuelto en la benevolencia del recuerdo, no dejaba de ser presente.

El tañido de la campana me despertó. Sin saber la hora me levanté de la cama y abrí el balcón. La Plaza Mayor estaba solitaria y silenciosa bajo una fina brisa serrana. Una débil lluvia persistía, sin bien ésta no enmudecía el aviso de los picos de las cigüeñas. Respiré profundamente y me dejé llevar por el duende que habita en la Plaza:

-         En penumbra estaba Leonor, con una silla a su vera. Acepté su invitación y estuvimos hablando de aquello y de lo otro, y también de Antonio. Es cierto que los versos de Machado adquieren una fuerza y una pasión por las tierras sorianas que no admiten duda, pero, al mismo tiempo, también agarra a sus gentes de miradas que no miran y que arañan como el arado a la tierra en busca de talentos para ponerlos al sol. ¿No escribiría sus letras tan afamadas por estas tierras al enamorarse de ti?, - le pregunté a Leonor. Dejé pasar un tiempo aceptable, pero no me respondió. La muchacha parecía triste, sin bien en el fondo de sus ojos atisbé un ímpetu de valentía. El caso es que después de unos minutos de escucharme y sin esperármelo, dijo: lo que me preguntas es algo que no me dio tiempo descubrir. Y tenía razón. La danza del tiempo seguía con el ritmo de unas canciones de colmeneros y de cortadores de leña que aparecieron por los soportales del Palacio de los Linajes. Las letras que entonaban eran cuna de una jocosidad picaresca a la primavera que ya venía sin freno en sus sangres para encontrar alguna moza en la que volcar todas sus apreciaciones de la naturaleza en la que envolvían sus vidas. El grupo se detuvo, no sin sorpresa, en la Fuente de los Leones para llenar sus cántaros de agua. Un chavalillo se encaramó hasta uno de los animales y con su gracejo vociferó el sueño de coger el mundo y sentirse dueño de su vida. El vuelo de un cuervo acalló al muchacho, que bajó del león de piedra y se fue al abrazo de su padre. El grupo recogió sus aparejos y el fruto de su trabajo y continuó con su marcha y sus canciones, aunque éstas eran melancólicas ya que nacían del recuerdo y la tradición. En el rincón de la Plaza, Leonor me indicó que mirase hacia un balcón. Una doncella estaba asomada. Al tras luz, por las velas del interior, de la sencilla prenda de seda que la cubría se adivinaba un joven y hermoso cuerpo. La joven parecía nerviosa, pues no dejaba de mirar a todos los lados de la Plaza. Al pronto, los ladridos de unos perros acapararon su atención y su angustia pareció crecer en unos rápidos e incontrolados movimientos. El ruido de los cascos de los caballos sobre la calzada de piedra indicaban que venían despacio, hecho que adelantaba la tragedia. En un alazán negro venía un cuerpo con las manos y los pies colgando. La joven doncella al ver el cuerpo inerte sobre el caballo que ella había regalado a su amado dejó el balcón y apareció, descalza y toda llorosa, en la misma Plaza. Levantó la cabeza del muerto y confirmó su dolor con un grito de impotencia al destino que levantó a las cigüeñas de sus nidos en plena noche. Los ecos de los cascos sobre las piedras se iban silenciando y en la Plaza lo que más se oía era el llanto de la doncella, sola, creída de su muerte en vida, aunque el salpicar del agua de la fuente la avisara de su engaño. Las estrellas del cielo, que parecía abrirse, apenas centelleaban, aviso de que la madrugada llegaba a su fin. Sin embargo, la Plaza emanaba voces de hidalgos y de vulgos, ruidos de carruajes, balidos de ovejas, golpes de cayados en las piedras, reclamos de mercaderes, juegos de niños y también algún que otro beso robado en la oscuridad de un atrio.

Desde el balcón del hotel volví a oír el tañido de la campana, a las cigüeñas. El duende de la Plaza me dejó para esconder su imaginación justo al apagarse las farolas. La amanecida ya recortaba el perfil de los montes en el horizonte y el sueño me hacia preso de mi peso. Cerré la ventana y volví a la cama. La noche soriana fue lujosa y los detalles de ésta los dejo para mis recuerdos.

 

  

Soria, once de marzo de 2011.