martes, 3 de febrero de 2026

DEL LIBRO "NO SOY DE CRISTAL"




EXHORTACIÓN.

 

¡A quién pida el viento

de las floraciones de nuevas lunas,

de mareas que aún besan su lecho,

o del beso de la vida vagabunda,

le digo que la espiga

no brota sin riego, sin luz clara!

 

¡A quién espera los horizontes

de las mañanas no amanecidas

desde el espejo que lo retrata,

o en el asfalto que lo funde,

le aviso de su caminar a tientas

mientras no historien el tacto de sus manos!

lunes, 2 de febrero de 2026

DE RELATOS, CUENTOS Y OTRAS COSAS.




 




Pincel de la noche.

 

Una columna del Partenón se yergue desde las ovas del pez Tierra hasta la mirada de mis pulmones que embrida de asombro, repta por el velo tremolante de la voluptuosa Nyx. Unos pasos y sólo sé que soy tras la fuga cruel de lo antes ido, en el vacío que dejan las sensaciones no sentidas, por el hueco roto del viento parturiento y silente que mata las amebas del profundo charco que aguan unas lágrimas de sal y llama. Es dar mi mano y no coger nada, es posarme sobre la arena y no dejar huella. ¿Acaso tú me ves? ¿Acaso me oyes? ¡Responde! Contéstame pronto que el nanoinstante de convergencia también pasará.

 

Madrid, abril de 2006.

lunes, 26 de enero de 2026

OBRA PICTÓRICA DE FRANCISCO MORAL MORAL SOBRE "CAMPOS DE SORIA" DE ANTONIO MACHADO.

 

“Machado y Soria” de mi tío FRANCISCO MORAL MORAL.


OBRA PICTÓRICA.

 




TEXTO SOBRE LA OBRA.


Hace un tiempo mi tío Paco me invitó a su estudio para que viera una composición pictórica que estaba pergeñando desde el fondo de sus sueños y con la realidad de los versos de Antonio Machado sobre la tierra soriana como punto de comienzo. Los bocetos a carboncillo, o con óleos, o con acrílicos llenaban las mesas, las paredes y algunas sillas que servían de improvisados bastidores. Parecían florecer o esconderse unos de otros según mi tío iba leyendo algunas partes de los cantos machadianos. La idea creativa por hacer estaba clara en la palabra y en la mirada del que en aquellos momentos me exponía sus irrefrenables deseos junto con una pasión desbordada desde una única ilusión.

Y el tiempo pasa, como siempre, pero ahora, en este momento, se me vienen las sensaciones que me movieron y me conmovieron una tarde lluviosa en el estudio de Jaén de mi tío.

 Muchas veces la pretenciosidad por explicar algo, ya sea lo que sea, mata ese algo, sin embargo, lo que aquí escribiré es una simple reflexión, mi meditación, ante un hecho que nace de un intimo concepto; la creación de un tema pictórico, con toda su historia y su vida cultural, algo determinante en lo que es el pensamiento que más tarde dará una realidad nueva, compleja o no, para llegar al fruto, estético o no, deseado, aunque éste haya experimentado una profunda mutación desde su génesis.

Pero el tiempo ya está aquí. Ante mí tengo la composición “Machado y Soria” y la verdad es que estoy sorprendido y es así porque más allá de lo que cada uno sintamos por las palabras del poeta y de la técnica del pintor, el furor de la obra es tanto más vivo porque en ella observo la idea de un hombre libre y el sobresalto de su pensamiento esencialmente idealista. La naturaleza brota en la pintura y no olvidemos que lo primero que educo al hombre es esa misma naturaleza en la que se conjunta la Belleza que desde que la historia antigua, sin divisiones más o menos regladas, engloba todo aquello a lo que luego se le fue poniendo nombres. La composición que veo y saboreo es en sí misma una arquitectura, una música, una escultura, una danza, un llamamiento a lo que se puede llegar, hacer realidad en virtud de un ahínco paciente e individual con el propósito de llegar a ser libre. No basta con sentirse. Es por ello, que en cada parte de “Machado y Soria” se me antoja una curiosidad siempre alerta, un enardecimiento casi juvenil a la llamada de la sutiliza, de la vivacidad de los sentidos y una valentía del autor para metamorfosearse en sencillas o complicadas etapas del proceso creativo y por esto de su propia vida, actitud que revela algunos elementos mollares de su formación intelectual y estética, aunque al expresarlo en un solo conjunto – obra – vaya a contracorriente de la significación cultural que aborrega y alinea la Europa de hoy, es decir, a la reducción artística sin más, olvidando que todo hecho intelectual está en relación directa con la complejidad de lo que vive y bien sabemos que es mucho lo viviente. Otro vértice que me dibuja “Machado y Soria” es la psyjé griega o “alma sensitiva”, que en relación con lo que dije antes se me manifiesta, de forma velada, en las actividades más humanas; hablar, hacer, amar, habitar. Palabras estas que Machado engrandece en sus versos y que mi tío vuelca en su pintura al señalárnoslas de modo sencillo, pero no por ello menos contundente. Y para explicarme haré un paseo por la composición:

 

Si nos atenemos a una fecha de creación para esta obra, bien pudiéramos retroceder unos cuarenta y cinco años, ya que entonces el pintor se ofreció para hacer un proyecto arquitectónico para la ciudad de Soria. Quizás fuera su primer encuentro con la ciudad del Duero, pero el hecho en sí no deja de ser anecdótico.

Aquí, ante estas pinturas – una en todo el conjunto - empezaremos con una simbiosis entre las palabras de Antonio Machado, Soria en sí y los pensamientos que Francisco Moral interioriza para luego, en un ejercicio de necesidad expresiva, hacerlos emociones y mostrárnoslos aquí, en esta composición que compartimos. Pero sin más, me meteré en la obra;

al ver el conjunto, quizá se nos pase por alto el soporte sobre el que Francisco nos propone sus pinturas. El hecho de escoger tablones de madera de espíritu envejecido no es casual y ello nos indica una búsqueda de materiales pasional y a la vez lúcida, por lo que la elección del sostén se convierte en un “magister” al conciliar una experimentación renovada con un impulso alborotador. Desde luego si nos detenemos en la parte central del conjunto, vemos un tablón totalmente negro - alma de Antonio -. Un negro matizado con una textura que nos lanza al mundo machadiano con sus pálpitos, sus soledades y también, porque no decirlo, de sus apatías como fruto de la época española que vivió. Una vez visto esto, y entrando en la composición pictórica, ésta me parece rompedora, pues el pintor jienense cruza el umbral que existe entre pintar las cosas tal y como uno las ve y representar lo que conoce de ellas. En este caso y sin obviar que el pintor sabe y entiende in situ a las tierras sorianas, es evidente que aquí, en esta su pintura, lo que hace es mostrarnos una naturaleza soriana acorde con los versos de un Antonio que incorpora la Naturaleza como un elemento fundamental de sus letras, algo que no es habitual hasta su llegada a Soria. Así en las primeras tres pinturas, me asomo y siento las fuerzas que, desde lo árido y frío, me vienen para quedarse, pasando por colinas y cerros a las florecillas blancas y, arrancando el velo del tiempo, la pintura de Francisco empapa la mirada de infancia – primavera – como inicio de posibles sueños; “abejar, pastar, humear ramas, perfumar”, dice Antonio.

En un segundo paso me encuentro con un peldaño más figurativo en el que Francisco, después de dejarnos descritos los paisajes por los que Antonio abandona su mundo interior y se hace al exterior, opta por expresar, a través de algunos símbolos de unos hombres sufridos y rudos, sus meditaciones sobre un pasado que ha engendrado un presente al que desea un futuro mejor: el cesto, la nieve, un hosco ceño, el golpe de un hacha sobre el leño. - frente hendida de negro -, nos avisa el pintor.

Después de subirme al castillo y de sentirme en tierra de místicos y de guerreros, doy un tercer paso y me encuentro con las colinas plateadas, con los alcores grises, con el trazo del Duero escondido – quizá porque aquí Francisco nos esconde la adusta mirada de Antonio – para luego humanizar el paisaje con esos álamos coloridos, regados por las aguas del Duero y por la lluvia atronadora de las palabras de Antonio en los colores, en los trazos y en esta composición pictórica. Aquí, en esta parte tan singular de la obra, siento que el eco del escritor – que también será mañana – es cogido por el pincel del pintor y, en un acoplamiento casi impúdico, los dos se someten a lo que se quiere decir en un mismo instante, aunque éste sea engendrado en diferentes periodos por el capricho de una voz y por el entusiasmo de una mano. Y así, llegando al final de este paseo pictórico, me encuentro con la parte del camino más sugestivo y al mismo tiempo más emocionante e incitador; - “¡Oh sí! Conmigo vais, campos de Soria, /………/ Me habéis llegado al alma, / ¿o acaso estabais en el fondo de ella? – y en respuesta feroz a estos versos maximalistas con ribetes románticos, la pintura se hace hueco redondo por un presentimiento que sin más se hace jirones por la insatisfacción de la pregunta utópica que aparentemente aparece sin duda, ya que la sensibilidad de Francisco opera una elección – su elección – de la voz de Antonio, rompiendo cualquier frontera entre lo personal y lo real. Es por ello por lo que el pintor en este final de su composición se hace creación y acepta – nos invita a seguirlo – que sólo tendrá sentido su creación cuando él mismo se la otorgue, en este caso, con su propio sentimiento pictórico.

Y me marcho de esta composición      de Francisco con el sosiego de haber caminado entre su pincel y la voz de Antonio - un fenómeno de representación en pintura que se descompone en sus elementos primarios - con la certidumbre sabida de asistir a un encuentro - Soria, Duero, Antonio y Francisco – como recompensa de una conjunción comprensible de una problemática intelectual y de una insolente seducción.  Con estas mis palabras, animar, a todas las gentes que se asomen a esta obra pictórica de Francisco Moral Moral, a descubrir tan excepcional y mágico encuentro.

 

Pues bien, una vez intentado un leve apunte de la obra, espero que los fundamentos de toda expresión, artística o no, eso lo dejo a los expertos que de todo saben, pero sí cultural, se hayan asomado por estas líneas. Por si así no fuera, los pilares a los que me refiero son: hablar y comunicar. Lo que quiero decir es que “Machado y Soria” no se limita a la trasladar un mensaje, que por otra parte es subjetivo, sino que establece un vinculo existencial entre personas vivas, de las que cada una toma conciencia de un yo particular, único y que desde él la cultura solicita, desde su origen, la intención a lo universal. Un yo al que por formar parte de una sociedad o comunidad hemos olvidado con demasiada facilidad, sea por la comodidad o por el nihilismo del individuo tan extendido y tomado incluso como el nuevo fideísmo de estos tiempos en el opulento y mal llamado mundo occidental.

Pero me estoy yendo de la obra, aunque poco más puedo decir. Aunque aquí, delante de las pinturas de “Machado y Soria”, vuelvo a escuchar versos, a recordar paisajes y tiempos que me ultiman en unos pensamientos y en unas sensaciones que me imponen un dialogo a lo abierto de la libertad creativa sin miedo a la singularidad del individuo. Me parece, siento, que “Machado y Soria” me invitará a más charlas y hará que dialogue con nuevas visiones a través de mi vida y si respeto a muchos creadores, afamados o no, reconocidos o no, es precisamente por las innumerables llamadas que me hacen para seguir hablando a pesar de que el tiempo haya comenzado de nuevo su impagable camino.

Hasta pronto.

DEL LIBRO "RELATOS, CUENTOS Y OTRAS COSAS"


 

 


RELATO EN SORIA.


 La lluvia arreciaba y la luz blanquecina de la tarde moría sobre el parabrisas. Tras un despiste bajamos hasta el Duero. << Nos hemos pasado. Hay que dar la vuelta, - dijo mi hermano Juan a Helena>>. En ese momento, al ver la colina sobre la que se adivina Soria. Sin saber por qué, me acordé de El monte de las ánimas, una de las leyendas de Bécquer. Luego de dejar el coche, anduvimos hacia el centro de Soria en busca del hotel. Es curioso. Según andaba, mis pasos se volvían en mi busca desde las esquinas desconchadas, desde las balconadas cerradas que adornan las austeras fachadas, por los soportales que dan un matiz de amparo al transeúnte. La calle Mayor me pareció muy a pies, hecha para pasearla desde la contemplación del recién llegado. El brillo amarillo de las piedras mojadas evocaba un espíritu quieto, algo de un pasado sin prisas y que, por pasado, quizá envuelto en la benevolencia del recuerdo, no dejaba de ser presente.

El tañido de la campana me despertó. Sin saber la hora me levanté de la cama y abrí el balcón. La Plaza Mayor estaba solitaria y silenciosa bajo una fina brisa serrana. Una débil lluvia persistía, sin bien ésta no enmudecía el aviso de los picos de las cigüeñas. Respiré profundamente y me dejé llevar por el duende que habita en la Plaza:

-         En penumbra estaba Leonor, con una silla a su vera. Acepté su invitación y estuvimos hablando de aquello y de lo otro, y también de Antonio. Es cierto que los versos de Machado adquieren una fuerza y una pasión por las tierras sorianas que no admiten duda, pero, al mismo tiempo, también agarra a sus gentes de miradas que no miran y que arañan como el arado a la tierra en busca de talentos para ponerlos al sol. ¿No escribiría sus letras tan afamadas por estas tierras al enamorarse de ti?, - le pregunté a Leonor. Dejé pasar un tiempo aceptable, pero no me respondió. La muchacha parecía triste, sin bien en el fondo de sus ojos atisbé un ímpetu de valentía. El caso es que después de unos minutos de escucharme y sin esperármelo, dijo: lo que me preguntas es algo que no me dio tiempo descubrir. Y tenía razón. La danza del tiempo seguía con el ritmo de unas canciones de colmeneros y de cortadores de leña que aparecieron por los soportales del Palacio de los Linajes. Las letras que entonaban eran cuna de una jocosidad picaresca a la primavera que ya venía sin freno en sus sangres para encontrar alguna moza en la que volcar todas sus apreciaciones de la naturaleza en la que envolvían sus vidas. El grupo se detuvo, no sin sorpresa, en la Fuente de los Leones para llenar sus cántaros de agua. Un chavalillo se encaramó hasta uno de los animales y con su gracejo vociferó el sueño de coger el mundo y sentirse dueño de su vida. El vuelo de un cuervo acalló al muchacho, que bajó del león de piedra y se fue al abrazo de su padre. El grupo recogió sus aparejos y el fruto de su trabajo y continuó con su marcha y sus canciones, aunque éstas eran melancólicas ya que nacían del recuerdo y la tradición. En el rincón de la Plaza, Leonor me indicó que mirase hacia un balcón. Una doncella estaba asomada. Al tras luz, por las velas del interior, de la sencilla prenda de seda que la cubría se adivinaba un joven y hermoso cuerpo. La joven parecía nerviosa, pues no dejaba de mirar a todos los lados de la Plaza. Al pronto, los ladridos de unos perros acapararon su atención y su angustia pareció crecer en unos rápidos e incontrolados movimientos. El ruido de los cascos de los caballos sobre la calzada de piedra indicaban que venían despacio, hecho que adelantaba la tragedia. En un alazán negro venía un cuerpo con las manos y los pies colgando. La joven doncella al ver el cuerpo inerte sobre el caballo que ella había regalado a su amado dejó el balcón y apareció, descalza y toda llorosa, en la misma Plaza. Levantó la cabeza del muerto y confirmó su dolor con un grito de impotencia al destino que levantó a las cigüeñas de sus nidos en plena noche. Los ecos de los cascos sobre las piedras se iban silenciando y en la Plaza lo que más se oía era el llanto de la doncella, sola, creída de su muerte en vida, aunque el salpicar del agua de la fuente la avisara de su engaño. Las estrellas del cielo, que parecía abrirse, apenas centelleaban, aviso de que la madrugada llegaba a su fin. Sin embargo, la Plaza emanaba voces de hidalgos y de vulgos, ruidos de carruajes, balidos de ovejas, golpes de cayados en las piedras, reclamos de mercaderes, juegos de niños y también algún que otro beso robado en la oscuridad de un atrio.

Desde el balcón del hotel volví a oír el tañido de la campana, a las cigüeñas. El duende de la Plaza me dejó para esconder su imaginación justo al apagarse las farolas. La amanecida ya recortaba el perfil de los montes en el horizonte y el sueño me hacia preso de mi peso. Cerré la ventana y volví a la cama. La noche soriana fue lujosa y los detalles de ésta los dejo para mis recuerdos.

 

  

Soria, once de marzo de 2011.






domingo, 25 de enero de 2026

VIAJE POR UN SUEÑO. DEL LIBRO RELATOS, CUENTOS,......

 




VIAJE POR UN SUEÑO.

 

El silencio en la casa era general. La tranquilidad de sus ocupantes se esparcía por la mayoría de las habitaciones con pausadas y sincrónicas respiraciones en dormitorios oscuros, sólo en vela por el ruido de algunos relojes de cuerda y el crujir nervioso de una cama que parecía albergar un enjambre de grillos enlatados. Era el pequeño de la familia que no dejaba de dar vueltas entre sábanas y mantas que se vaciaban hacia uno de los lados de la cama. Era Juan, un muchacho de siete años y que aquella noche no podía contener su emoción y su nerviosismo, su libre imaginación por el viaje que iba a comenzar con el resto de su familia a la mañana siguiente. No quería cerrar sus ojos a pesar de los asustadizos reflejos de la luna filtrados entre las rendijas de las persianas de madera que cubrían la ventana de su habitación. Sobre la pared blanca se formaba unos grandes rostros de monstruos, de seres que violentaban aún más la intranquilidad del pequeño Juan. No dejaba de ver una creída cara, ancha y larga, fea y cruel, y que parecía acercársele por su fijación en ella. De vez en cuando y por miedo a aquella imaginada silueta, Juan, metía su pequeña cabeza bajo las sabanas, pero a los pocos instantes tenía que volver a ver la cara de aquel monstruo hecho de sombras y luz, ya que no podía respirar dentro de la cama. La noche se le hizo eterna, pero el paso del tiempo pudo algo más que la vigilia de Juan y sólo por un rato se venció al sueño natural de un niño. La ropa de la cama se cayó por un movimiento brusco de Juan, dejándole desarropado. Al poco, Juan sintió frió y se despertó;

        - ¡Ya falta poco!,- pensó el chaval cuando miró hacía la pared y no vio la cara que le tuvo atemorizado durante la noche. La claridad de la mañana temprana dejó de esconderse y apareció, como un milagro, tras las persianas de su ventana. Cada vez la luz era más fuerte y de repente oyó el timbre del despertador que había sobre la mesilla de noche del dormitorio de sus padres. Aquella era la señal que había estado esperando durante toda la noche. Era el pistoletazo que daba salida a todas sus ilusiones por el viaje que en ese mismo momento inició. Cuando la madre entró en la habitación de Juan para despertarlo, éste ya estaba casi vestido.

       - ¡Pero bueno!, ya estás en pie, - se sorprendió la mujer.

       - Es que he oído tu despertador y me he levantado de la cama para vestirme.

       - No hace falta que vayas tan deprisa Juan. Hay tiempo suficiente, - le dijo la madre a la vez que se dirigía a la otra habitación en donde, el otro hijo, el mayor, aún estaba durmiendo a tumba abierta arropado hasta la cabeza.; ¡Arriba! ¡Vamos!,- le decía Juan a su hermano al tiempo que lo movía de un lado para otro de la cama y echándole la ropa de cama para atrás.

En la casa todo comenzaba a tomar velocidad, aunque para Juan no era así. Los hermanos estaban casi preparados;

       - ¡En la cocina tenéis los tazones con la leche! ¡Sólo hace falta que le echéis el pan y el azúcar! - se oyó a la madre desde su habitación ya que había empezado a hacer su cama.

Al padre le sintieron toser en el baño, como de costumbre. Los hijos desayunaban, sin bien el mayor lo hacía rutinariamente, el otro, nuestro pequeño Juan, se descomponía al tragar los trozos de pan aún duros, ya que no les dio tiempo a que la leche azucarada los empapase, para que se esponjearan

       - ¡Te vas a atragantar Juan!,- le dijo su hermano mayor.

       - Es que tú comes muy despacio. ¡A ver si terminas pronto!, - le respondió Juan, con un bigotillo de leche blanca sobre el labio superior. Luego dejó su tazón vacío dentro del fregadero de piedrachina blanca

El padre entró en la cocina y después de dar los buenos días a sus hijos, cogió su taza de leche. Echó un poco de café. Por la ventana de la cocina entraba un sol limpio y agradable, lo que hacía pensar que el día sería propicio para el inminente viaje. Luego de terminar su desayuno, se echó la mano al bolsillo bajo del chaleco y sacó su reloj de cadena plateada. Su pulso era sereno y su mirada tranquila. Aún había tiempo, pero no podían descuidarse mucho más.

       - ¡Id al baño!, y en cuanto mamá termine y se prepare estaremos en camino, - les estaba diciendo a sus hijos cuando la voz de la madre se oyó desde el final del pasillo. - ¡Nene!, ya estoy lista.

       - ¡Bien, pues vámonos!, - respondió el padre a la vez que ordenaba a cada uno de sus muchachos que se dieran prisa. Luego repartió los bultos que tenían que llevar cada uno durante el viaje.

       - Papá, ¿ya salimos?,- preguntó el pequeñajo.

       - ¡Vamos que cierro la puerta!

Por las calles de la ciudad se veía poca gente todavía. El coche avanzaba poco a poco y el trote del caballo resonaba entre el silencio de las estrechas y blancas calles, si bien, a medida que se acercaban a la estación, el ir y el venir de la gente iba en aumento y el silencio era sustituido por innumerables empellones de cascos de caballos sobre los adoquines y los ruidos de algún que otro motor de automóvil.

       - ¡Esos malditos trastos! Lo único que hacen son estridencias para asustar a las personas y a los caballos. Son un peligro público. No sé cómo los dejan circular, - sentenció el padre con voz grave. Al momento un coche se cruzó con ellos y sacando medio cuerpo por la ventanilla del carruaje, el padre soltó una retahíla de despropósitos. El conductor del coche tocó la bocina a manera de desafío, lo que hizo que el cabeza de familia se encolerizara todavía más; - ¡Y encima, los que conducen esos cacharros de lata, se creen los amos de las calles! - le gritó al lejano loco del auto.

       - Esos cacharros, como tú los llamas, son el futuro, - le respondió la madre.

       - ¡El futuro! Y nuestro presente, ¿es qué no importa?

El pequeño Juan interrumpió el amago de discusión entre sus padres, tirando de la bocamanga de la chaqueta del padre;

       - ¡Papá papá!, ya estamos en la estación.

       - Ya lo veo, - le contestó el padre con sobriedad. - Y ahora, escucharme los dos. Cuando nos bajemos del carruaje cada uno cogéis vuestro bartulo y desde entonces hasta que yo os lo diga no os separéis de vuestra madre ni de mí, y así todo irá bien. ¿Me habéis oído? - La familia, con el equipaje a cuestas, se adentró en el interior de la gran estación entre un continuo río de personas que iban y venían sin sentido aparente ni dirección concreta. Juan iba el lado de su madre, cogido del abrigo, siguiendo a su padre y a su hermano mayor. Juan miraba a todas partes y a todo. No quería perderse ningún detalle. Innumerables encontronazos con las gentes le sucedían por su curiosidad, cosa que a la madre le molestaba, ya que a cada tropezón del hijo le seguía su abrigo que se iba de sus hombros y mermaba su marcha. Era todo un incordio.

       - ¡Juan, mira para adelante!,- le dijo la madre al tiempo que dio un nuevo tirón del brazo de su hijo que se quedaba atrás.

En unos pasos se adentraron en el corazón de la estación, en donde terminaban o comenzaban las vías, según el mirar y el destino de cada individuo que formaba la mutante masa de transeúntes, de viajantes, de despedidas y de esperas. Sin embargo, para nuestro pequeño Juan allí comenzaba su aventura a la que estaba dispuesto a entregarse en cuerpo y alma.

En los andenes, el padre llamó a un mozo de la estación y después de enseñarle los billetes de viaje, dejó que aquel hombre de uniforme azul y gorra gastada, sudada por las horas de carga pasadas, las llevase hasta el vagón del tren en que tenían que hacer su trayecto. Según avanzaban, casi en zigzag para evitar a los montones de maletas, o a los grupos de personas que hablaban del futuro y del pasado como si estuvieran en el patio de su casa, nuestro Juan iba observando, con sus ojos como platos, las gigantescas maquinas de piel sudorosa de hierro negro. No se perdía detalle de aquellos monstruos que de vez en cuando dejaban escapar de sus vientres algún que otro suspiro de vapor blanco, asustando, por su inesperada aparición, la compostura del nervioso y emocionado Juan. Era como si su espíritu se le escapara de su cuerpo, lo que le hacía saltar como una marioneta a la orden del agua a presión. Todo aquello era nuevo para él y su emoción fue creciendo cuando su padre le dejó pasar delante para subir al vagón. El pequeño apenas podía subirse a los enormes estribos del tren, pero con la ayuda de su madre y con sus ganas por subir, en dos saltos, lo consiguió.

       - Estos son sus asientos, señor, - le indicó el mozo de tren al padre.

       - ¡Bien!, ponga usted las maletas sobre la repisa, por favor, - le dijo a la vez que le daba una pequeña propina.

El mozo se puso mano a la faena con una amplia sonrisa en su cara mientras la familia se acomodaba en sus correspondientes asientos. Juan observaba el interior del vagón, absorto, ido en sus sensaciones, sin fijarse donde se sentaba; las maletas y los bártulos estaban apiñados sobre los largos estantes, las personas sentadas, casi inmóviles entre sus propios paquetes envueltos con papel de periódicos, el aire lleno de susurros, de despedidas en silencios, de deseos, de lágrimas sobre los ojos de pañuelos marchitos, de esperanzas a lo que viniera y también de alguna que otra alegría. Todo aquello despertó en Juan una sensación muy íntima y particular. No sabía si bajarse, si esconderse entre la falda de su madre y desaparecer en ese momento. El miedo ante lo nunca visto, ante lo desconocido se le echó sobre su cara infantil y no quería verlo.

       - Ya estamos en nuestros sitios. ¡Menos mal!, - comentó la madre observando a sus hijos con mirada protectora y con una leve sonrisa en sus labios, consciente de que a la pregunta que iba a hacer sólo tenía una única respuesta. ¿Quién quiere ir en el lado de la ventanilla?

       - ¡Yo, yo!, - contestó Juan rápidamente, volviendo sobre sí la realidad del lugar en el incómodo banco de madera.

       - ¡Y yo!, - balbuceó el hermano mayor.

       - ¡Bueno vale! Estar tranquilos. Vuestro padre y yo nos pondremos en los lados del pasillo, - propuso la madre poniendo orden entre los hermanos a la par que miraba al padre con una amplia y cómplice sonrisa.

Los hermanos se sentaron uno enfrente del otro, pero al pequeño Juan, a nuestro Juan, se le notaba algo especial; sus ojos se avivaban por momentos, sus gestos eran nerviosos y su impaciencia aumentaba en espera de que el tren comenzara a moverse, de que arrancarse de una vez.

        - ¿Queda mucho?

       -No. Ya falta poco, - contestó su hermano con indiferencia y hartazgo del pequeño.  Juan se giró hacia su mundo y continuó mirando, observando cómo las gentes iban y venían de un lado a otro del vagón, como las despedidas se sucedían unas tras otras de maneras muy diferentes y que sin embargo todas terminaban con efusivos besos y con fuertes abrazos entre gentes  que sabían que pasarían mucho tiempo sin volver a sentirse unas junto a otras, sin poder ver las transformaciones que la dura vida les pediría a modo de peaje por caminar por los senderos de sus días y también de sus noches. ¿Será peligroso esto de viajar?, - se preguntaba nuestro Juan, al ver aquellos brotes de dolor en las personas que estaban a pie del andén y también cuando oyó y vio, no sin sorpresa, a su padre rezar en voz baja y hacerse la señal de la cruz con una cara de misterio y de recelo que él no entendía, y aún menos se imaginaba los motivos por lo que su padre decía y hacía aquello. Se reincorporó sobre su sitio, estirando su pequeño cuerpo, cuando de improviso oyó un silbato. Juan observó, en un inesperado impulso, cómo todas las personas que estaban en el andén se retiraban unos pasos hacia atrás, levantando las manos al compás de los pañuelos blancos que, como flores adornando el aire, eran regalos a sus queridos familiares entre aquellos adioses, unos largos y otros cortos, tan cortos que eran casi mudos. Otro movimiento brusco del tren, entre crujidos de enganches oxidados y frenos que chirriaban, desplazó a Juan sobre las rodillas de su hermano y luego sobre el respaldo del banco dónde intentaba quedarse sentado. La agilidad de Juan le devolvió pronto al mirador de su ventana. Puso su cara y sus manos sobre el cristal y poco a poco las personas del andén iban desapareciendo por uno de los lados de la ventanilla. Su rostro era un espectador privilegiado de todo aquello que cada vez se sucedía más y más rápido ante él, ya que el largo tren de negro y de blanco; negro del hierro y  del carbón que por el sudor de los carboneros se comía su repleta caldera regalando velocidad a la vez que reglaba el meneo con la regular sinfonía de su tracatracatrán, tracatracatrán, tracatracatrán inconfundible, y blanco por las gasas de vapor que recubría su piel herrezuela, dándole un sentido de misterio y de aventura a la orden de sus agudas pitadas que recorrían sus largos y articulados vagones, desde principio a fin.

Al cabo de unos instantes, la distancia con la ciudad se alargó sobre aquellos irregulares raíles y la ventanilla de Juan se convirtió, en esos momentos, en una gran pantalla por la que pasaban multitud de tierras, de colores, de gentes absortas en sus quehaceres de campo, de cantidad de contrastes que abrían de continuo las puertas de la imaginación y de la fantasía de Juan.

       - ¡Hijo, siéntate! Se ve todo igual sentado, - le dijo la madre al ver a su pequeño pegado por su nariz al frío cristal de la ventana.

La velocidad que cogió el tren en esos pocos minutos dejó paso, desde el ya lejano perfil de la ciudad, al campo abierto, al casi infinito e inmenso cielo. Todo aquel conjunto de rapidez y trasiego deslumbró a Juan como nuevo descubrimiento para él, no imaginándose que ese ritmo de prisas y de velocidad sería algo que a lo largo de su vida futura llevaría siempre sobre sí, como cáliz de su generación. El humo que salía por la chimenea del tren, Juan lo percibía dentro de su respingona nariz con un leve cosquilleo, el cual se lo quitaba con un pequeño toque de sus dedos, ennegreciéndose poco a poco sus mejillas con los restos de carbonilla que vomitaba la máquina del tren junto con los continuos silbidos de vapor que avisaba al aire de su paso inminente y veloz. Pero con todo, aquello era un gigantesco espectáculo que no dejaba de reflejarse en las inocentes pupilas de nuestro chaval, que se engrandecían con ritmo de ilusiones, con alas al viento desplegadas como cometas por sus pensamientos que como pájaros volaban por su subconsciente; unas sombras de nubes sobre su frente, una pizca de atención quieta sobre cualquier montaña lejana, su deseo incontenible por abarcar todo, por verlo todo, mientras su destino corría por entre las rayas de sus manos, por entre los huecos de sus dedos. La fiebre de aquella aventura que nuestro Juan estaba viviendo, dejaban marcadas las huellas de su pequeño cuerpo sobre el frío cristal de la ventanilla. Todo aquel laberinto de nuevas sensaciones, de tan diferentes y de tan rápidas percepciones, iban componiendo una sinfonía de ensueños en el interior despierto de Juan, dando a su presente un nuevo contexto en que sentía, en su principio y a medida que pasaban los kilómetros, cómo él, nuestro Juan, era capaz de ir formando el inmenso y recién estrenado rompecabezas de su niñez.

Pero de vuelta al mundo de los asientos del tren, a las miradas de los que viajaban con el pequeño Juan, nos encontramos con la realidad más natural, más sencilla; las risas de unos muchachos juguetones, los silencios de otros que medio dormitaban, las conversaciones de unos pocos mayores y los ojos de todos, que se perdían entre los demás y entre todo. Toda aquella realidad se convertía en una red compleja y densa para los sueños de nuestro pequeño viajero, pero a la que él no quería renunciar.

Dentro de un momento pasaremos por un túnel, - comentó el padre con aire de orgullo, al dar a conocer el recorrido del tren por anticipado a sus hijos.

Las palabras del cabeza de familia despertaron en Juan un interés, unas ganas, un aventurar nervioso por una parte y, por otra, una angustia que oprimía su pequeño pecho pegado a la ventana. De inmediato su mirada se volvió hacia él mismo, asustándolo para atrás, después de sentir la cortina de oscuridad sobre su rostro hecho en ese momento de sorpresa y asombro. El ruido de la marcha del tren se hizo más fuerte, más agresivo, provocando que un tibio sudor aflorara, de forma compulsiva, por la piel de Juan. Era molesto para él, y lo denso de lo oscuro le daba miedo. El vagón era un reino de tinieblas para el pequeño.

 

De repente, Juan se incorporó de la litera y clavó sus ojos en la ventanilla. Se encontraba dentro de un largo túnel, pero estaba solo, completamente solo en su compartimiento de primera clase. El tren no era de vapor. Sus padres ya no vivían y el no tenía siete años. Estaba casi en puerto de cumplir los cincuenta y sobre su cabeza abundaban canas. El tiempo se le vino encima al verse reflejado sobre la negrura del cristal de la ventana. Había tenido un sueño. Había revivido, en un instante, el primer viaje en tren de su vida. Pero el tiempo no se detuvo allí y lo único que él palpaba, como entonces, era el largo túnel, ese infinito túnel que le encogió el alma, en tiempo pasado, de angustia. La velocidad volvió a recorrer las pupilas de Juan y una débil luz de un amanecer frío de noviembre le iluminó la cara e inundó la pequeña estancia, dejando a nuestro Juan más tranquilo.

       - ¿Quedará poco para llegar?, - se preguntó mientras miraba el reloj, ese viejo reloj que tantas veces había cogido su padre con pulso sereno y que un día se lo dejó a él. Absorto en sus recuerdos, daba cuerda al reloj, cuando se oyó una voz a la vez que golpeaban la estrecha puerta del compartimiento.

       - Faltan treinta minutos para llegar a Madrid, señor.

- ¡Gracias!,- respondió Juan, al recordar que la noche anterior había dejado dicho que le avisaran media hora antes de la llegada.

Juan empezó a vestirse y echó una mirada por la ventanilla que estaba medio empañada de vaho por el calor que había dentro del habitáculo. Cogió un pañuelo y limpió parte del cristal de la ventana en círculos, hasta que vio la ciudad envuelta en una espesa niebla invernal. El fin del viaje estaba cerca, ya que el tren aminoraba su velocidad a medida que se adentraba en las entrañas de la gran urbe. Las vías de acero eran como venas por la que circulaban infinidad de trenes atestados de personas dispuestas a comenzar la rutinaria tarea diaria. Al tiempo que el tren frenaba, la vida de Juan cogía visos de realidad, de usanza. Cogió su portafolio y salió al pasillo justo cuando el tren se detuvo en la cabecera de la gran estación. El viaje había terminado y en Juan todo era igual que en su infancia, si no fuera por los años que habían pasado desde aquel día que hizo su primer viaje en tren; fuera ya no había coches de caballos, ni grandes máquinas que le asustasen al eructar vapor blanco y húmedo. En su presente sólo había un ingente número de trastos mecánicos que servían de alguna manera a las gentes. Ya no existía ese silencio fabricante de ecos en las calles. Sólo reinaba por ellas el ruido de miles de motores vomitando kilos y kilos de hollín en el aire, sobre los tejados de los edificios, dentro de los pulmones de cada persona.

Juan seguía andando hacia la calle mientras recordaba el ambiente del viejo tren de fuego y agua en el que las risas de los muchachos, las conversaciones entrecortadas y las miradas perdidas de hombres y mujeres dibujaron en el carboncillo de su memoria, como una pintura rupestre, lo humano, lo primitivo y lo sincero que tanto echaba de menos en su tiempo, en su vida. Pero no había remedio. En un segundo, en un instante, se dio cuenta de que todo aquello ya había muerto, que estaba solo en un mundo que le obligaba a ser su propio héroe, su propio y particular protagonista. Conseguir el Todo lo imponía todo, le supeditaba a todo, incluso a ser dueño de su propio viaje, de su propia vida.

Juan salió a la calle, al corazón de la masa, al flujo de circulación que alimentaba la ciudad todas las mañanas. Él también era parte de esa masa, de esa gran telaraña que fabrica la propia bestia para asfixia de sus propios integrantes. Pero Juan, nuestro viajero, aún poseía algo propio, algo que era enteramente suyo y que nada ni nadie le podía manipular y, mucho menos, amputar; sus sueños.

Madrid, nueve de febrero de 1999.


 

jueves, 22 de enero de 2026

POEMAS DE JUVENTUD.

 





” Soledad de los días
tristes de invierno.
Hace frio en la calle,
los cristales empañados
por mi vaho van llorando
poco a poco; tienen frio.
La gente pasa deprisa
hacia sus casas. Buscan
disimular la soledad.
Yo lloro
y no tengo frio.
La tarde se difumina
como carboncillo entre los dedos,
y yo me extingo anónimo
sin saber por qué.
Estoy solo.
Estoy conmigo,
Yo lloro
y no tengo frio”.

                                                                                              (29.XII.1979)                                                                                                            

POEMA DE JUVENTUD.

 

                   



Vas a trabajar
como todos los días
y como todos los días
entras diciendo “buenos días”. “Rutina”.
Y así sigues la gran mayoría
de los días de tu vida
y termina tu vida y tus días
y como todos los días
nadie se preocupa
hasta que ya no tienes días.
Falta humanidad
como todos los días.


 

                                                                                                           (02.07.1979)