ENTORNOS.
La noche se hacía escayola desde la luz de la menguante luna,
atrapándola de forma cercana. Desde que el Hombre tomó conciencia social,
decidió reunirse al calor de una muta - en este caso de amistad, según Canetti
- y disfrutaba de ella. En esa noche tallada de anochecida me dirigía a una
cena; excusa para compartir el tiempo con unas personas amigas y comprobar que
el pasado vivido con ellas no fue en vano, que el cambio ejercido por la
rotación del mundo en cada uno de nosotros no había deteriorado, de igual
forma, los deseos de nuestras escapatorias juveniles, las risas que regalamos
después de un chiste oportuno, los bailes discotequeros, las miradas que
dibujaban todo antes de ejecutar el lienzo. Subí. Desde la misma puerta de la
casa los saludos se superponían unos a otros sin forzamientos. Se daban y se
recibían entrañable y cordialmente. Me vi ante unas amigas, - digo esto porque
eran mayoría - con las que no compartía un tiempo hacía más de dos lustros. La
amistad se sentó y las respuestas a la curiosidad de tan tardío encuentro se
mezclaron con las viandas y los caldos, - los anfitriones prepararon una cena
que parecía las bodas de Camacho -, madurando un ambiente cálido, agradable.
Entre las amigas - ellas se veían con frecuencia - existía una complicidad
cartesiana, una ecuación de incógnitas ya despejadas y de solución única. Usted
lector, puede pensar que era un reencuentro puntual, una reunión en que las
formas correctas debían de prevalecer aun en el caso del disimulo o del
aguante. Nada más falso. Alrededor de aquella mesa existían unos amigos, había
vida y ganas por cogerla con las manos y una generosidad sin punto de llegada.
Hablaba con aquellas amigas y las palabras iban cargando de sentido un nuevo
capítulo de mi vida, si bien, éste partía de las páginas de mi juventud. Me
sentí orgulloso de estar al lado de mis amigas saboreando unas horas que cada
vez me son más escasas. El reloj galopaba por las verdes praderas de las
conversaciones, dentro de los silencios, escapándose con el viento de las
historias que cada boca moldeaba; los hijos de ellas jugaban y jugaban sin los
límites de la rayuela. Anduve por aquel espacio con total placidez, aun
sabiendo que llegaría su conclusión; contradicción con Einstein al afirmar que
el Espacio es curvo. Yo, en ese instante, sentí que era recto y con final.
Ahora, después de despedirme de mis amigas, aquí solo, frente a este folio que
cada vez se calienta más con los rescoldos que mi mano es capaz de atizar,
presiento que los humanos, por muy mal que estemos creando el presente y,
aunque estemos embargando un futuro que no nos pertenece, siempre tendremos un
segundo Sol para hacer y estar en paz con el único imperio que desde nuestro
enigmático inicio siempre nos ha vencido y al que irremisiblemente
pertenecemos. Esa supremacía nos es otra que
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