Los pasos ausentes, esperados dentro de una hora que es hábito insustancial por ser marcada, ver el mismo dentífrico vacío, asomarse a un televisión de fútbol a al bochorno del famoseo, lo quemado de una tostada de pan en bocas de prisas que agobian, el mismo e inmóvil semáforo con luz verde que no pasa nadie, el sudor en un vagón de metro atestado de gentes, casi impenetrables, el empujón de otro que jamás se detiene, la cárcel de un ordenador en blanco, el sentirse dentro de un presente que se rompe al intentar parchearlo para remediar lo irremediable; todos motivos que alimentan o devoran el orgullo intelecto, todos reparos lacerantes para una única y común razón urticante. sin embargo, la posesión de aquellos pasos ausentes tejida en ecuaciones de aire, es nimia necesidad del engaño por imposición de un yo mismo, de la desesperación de un ya, en instante perdida, de la locura sin sumidero para el credo de poderse. La angustia de unos ojos qui ni vemos ni nos ven pero que nos amedrentan con presentirlos, el oído como dardo clavado en sangres. todos círculos que como fotografías muestran lo precario de una naturaleza simple. La persona, vegetal y carne - yo creo que sólo carne - voraz ímpetu con alas de gorrión, sol de delirios, de furor hueco, fiebre a la caza de un corazón carcomido. Los dioses, espurios por nombrar un ciclo absoluto, reclaman un sin número de inmolados para su sostén; con el peso de la lluvia sus mismos cuchillos se hacen arena y luego golpe que rompe, aturde, desde la cresta amanecida hasta los huesos rotos por su peso en sí; restos de iras ignorantes. Y las fiebres, ya muertas, recogen la polvareda desierta y seca de unas miradas que, aunque perdidas, todavía esperan los mismos pasos ausentes, pero entonces ya sin horas.
Madrid, abril 2018.
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