Romance del frito ausente
hubo junta y alboroto,
que llegó Mar tan campante
con el bolso casi roto.
Traía dones marinos,
sardinas de humo glorioso,
encurtidos muy marciales,
y aceitunas con buen rostro.
Traía almendras lustrosas,
con su crujido sonoro,
y un chorizo de buen gamo,
digno de rey y de trono.
Mas apenas vio la mesa
M. José, con grande asombro,
se le heló medio semblante,
se le encogió todo el hombro.
Miró cuencos y bandejas,
miró plato, pan y todo,
y al no hallar patata alguna
se le nublaron los ojos.
“¡Ay, Mar de mis entretelas,
qué descuido tan sonoro!
Traes el mar, traes la huerta,
¡mas falta el rubio tesoro!”.
El hermano, muy solemne,
como alcalde de protocolo,
levantó ceja prudente
y dictó sentencia al modo:
“Sin patatas en verano,
sin su crujido redondo,
el aperitivo queda
como campana sin bronce.
Podrá haber sardina fina,
podrá haber gamo famoso,
pero si falta la bolsa,
todo parece poco”.
Calló Zuri bajo la mesa,
con nariz de sabio docto,
que no olía aquel perfume
de aceite, fiesta y reposo.
No pidió migas ni tapas,
no dio saltos codiciosos,
pues sin patatas fritas
no hay milagros en el morro.
Mar, que escuchaba la causa
y veía crecer el coro,
se reía sin defensa,
con risa de puro gozo.
“¡Válgame santa croqueta,
qué tribunal tan curioso!
Traigo medio colmado entero
y me miráis como a un monstruo.
Mañana cuento a mis amigas,
con detalle y con adorno,
que por olvidar patatas
me habéis abierto proceso.
Diré que me han condenado
sin abogado ni indulto,
por delito de despensa
y desacato al aperitivo”.
Rio M. José en la silla,
rio el hermano a su modo,
y hasta Zuri, si pudiera,
hubiera firmado el folio.
Brillaban las aceitunas,
reía el plato orgulloso,
mas seguía allí flotando
un silencio misterioso.
Era el hueco de la bolsa,
era el vacío más hondo,
ese espacio que en la mesa
deja el tubérculo de oro.
Porque hay leyes no escritas,
mandamientos sabrosos,
que no figuran en libros
ni se aprenden en colegios.
La primera dice clara,
con acento vigoroso:
“Si hay aperitivo serio,
que haya patata en el fondo”.
La segunda manda luego,
por consenso de los propios:
“Quien traiga chorizo y sardina,
traiga también crujir hermoso”.
Y la tercera concluye,
entre risas y alborotos:
“Perdónese todo olvido,
menos el frito sabroso”.
Mar juró desde aquel día,
con gesto grave y devoto,
que llevaría tres bolsas
por si faltaba un socorro.
Una para M. José,
otra para el juez hermano,
y una tercera escondida
por si Zuri mete el morro.
Así acabó la contienda,
sin rencores ni destrozos,
con sardinas en la mesa
y con chanzas en los rostros.
Mas quedó escrito en la casa,
sobre memoria y asombro:
no hay domingo verdadero
si no cruje algo en los ojos.
Y si Mar vuelve otro día
con regalos generosos,
antes que abra la puerta
preguntarán todos pronto:
“¿Traes patatas, hermana?
¿Traes el oro de todo el año?
Que sin bolsa y sin crujido
se nos marchita el estómago”.
Y ella, riendo, responde,
con aire noble y gracioso:
“Traigo patatas de sobra,
¡que ya aprendí vuestro código!”.
Finca
El Brezo, Navamorcuende, 30 de agosto de 2026.
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