FRÍO.
En una tarde de invierno,
de esas con cielo abierto
hasta el limpio azul,
la fina hoja de un viento
menudo
se clava en mi sangre
como clavo de ataúd,
me atraviesa como un
pámpano el mantel blanco de nieve,
aún sin pasos, sin
manchas del destino que seguro se pasará.
Y ahora, ya más noche que
tarde, la calle imagina fantasmas
de manos cogidas, de ojos
que se buscan,
de abrigos que comparten
los amantes,
o de simples pasos hacia
algún lugar que llegar.
En el frío del invierno
me siento más piedra,
una quietud sin quererla,
un beso al aire,
muy vacío del minuto, y
aún así tengo las alas
sobre una brizna de
hierba, ya casi negra,
para dejarme ir sobre los
hilos de la telaraña
y caer en el surco del
viento por sentir.
En una tarde de invierno
la memoria no me separa
de lo que soy,
el deseo de lo que seré
y ni el frío me asusta de
lo que habré sido.

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