Durante
tres días convivieron como si el tiempo hubiera decidido plegarse sobre sí
mismo y dejarles, en ese doblez, un espacio estrecho pero suficiente. La casa
del sobrino olía a madera vieja y a sopa recién hecha, una mezcla que al tío le
resultaba familiar, como si siempre hubiera estado ahí, aguardándolo. Al
llegar, el sobrino lo recibió con una sonrisa que florecía por derecho natural.
Se abrazaron sin decir nada. En ese gesto breve se acomodaron años, llamadas y
visitas prometidas.
El
primer día transcurrió entre silencios largos y palabras pequeñas. El sobrino
se sorprendió al descubrir que no había urgencia por llenar los huecos. El tío
hablaba despacio, no tanto por debilidad como por una nueva manera de elegir
las palabras, de paladearlas antes de soltarlas al aire. Recordaron veranos ya
pasados, de inviernos en el pueblo; las morcillas recién hechas, el cabrito
guisado para el día de año nuevo, los alfajores, El tío se reía con una risa
breve, pero sincera y en cada una parecía gastar algo precioso. Aun así, no se
detenía.
Por
la tarde, el sobrino ordenó algunos estantes de libros. Entre ellos había unas
cuantas esculturas. Cada objeto era una puerta. El tío observaba desde la mesa,
como si vigilara un territorio que pronto dejaría de ser suyo. Cuando el
sobrino le mostró una de las esculturas de bronce que el tío hizo y le regaló
años antes, este contó la historia otra vez, aunque ambos la sabían de memoria.
La repitió no para informar, sino para confirmar que todavía estaba allí, que
su voz aún podía sostener un relato completo. La noche llegó temprano. Cenaron
poco. El tío se cansó de pronto, como si el cuerpo hubiera decidido apagar una
luz sin avisar. Antes de dormir, el sobrino se quedó un rato sentado en el
sofá.
El
segundo día amaneció con claridad. El tío estaba de humor. Hablaron del
presente de cada uno, de cosas serias, pero sin solemnidad. El tío no se
disculpaba ni se justificaba; simplemente enumeraba, como quien hace inventario
antes de cerrar una casa. En un momento, miró al sobrino con una atención nueva.
Siguieron con sus charlas hasta que más tarde el cansancio volvió más espeso.
El tío durmió largo rato en el sillón. El sobrino lo observó, memorizando la
curva de la frente, la mancha en la mejilla, la forma en que las manos, incluso
dormidas, parecían buscar algo. Esa noche hablaron del final sin nombrarlo. El
tío dijo que no tenía miedo, solo curiosidad. El sobrino no supo qué responder.
Comprendió que su papel no era tranquilizar ni prometer, sino estar, permanecer,
acompañar ese tránsito lento como se acompaña a alguien hasta la puerta,
sabiendo que no se cruzará el umbral.
El
tercer día fue breve. El tío casi no habló. Cada frase parecía costarle un
esfuerzo, como si el lenguaje se hubiera vuelto una lengua extranjera. Aun así,
pidió que abriera la ventana al sobrino. Quería oír la calle, los ruidos
comunes, la vida que seguía ocurriendo. El sobrino se sentó a su lado y le tomó
la mano. Era más liviana de lo que recordaba, pero el apretón fue firme. No
hubo despedidas grandilocuentes. Solo un “gracias” apenas audible y una mirada
larga, sostenida, en la que el sobrino creyó reconocer algo parecido al
orgullo. Cuando el tío dejó la casa, el sobrino supo que algo se había afianzado
de manera irreversible; una convivencia plena, sin comprimir, revelaciones para
atesorar, la certeza de haber estado y compartido el tiempo que su tío le
regaló y eso, pensó, al quedarse solo, era suficiente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario