RELATO EN SORIA.
La
lluvia arreciaba y la luz blanquecina de la tarde moría sobre el parabrisas.
Tras un despiste bajamos hasta el Duero. << Nos hemos pasado. Hay que dar
la vuelta, - dijo mi hermano Juan a Helena>>. En ese momento, al ver la
colina sobre la que se adivina Soria. Sin saber por qué, me acordé de El monte
de las ánimas, una de las leyendas de Bécquer. Luego de dejar el coche,
anduvimos hacia el centro de Soria en busca del hotel. Es curioso. Según
andaba, mis pasos se volvían en mi busca desde las esquinas desconchadas, desde
las balconadas cerradas que adornan las austeras fachadas, por los soportales que
dan un matiz de amparo al transeúnte. La calle Mayor me pareció muy a pies,
hecha para pasearla desde la contemplación del recién llegado. El brillo
amarillo de las piedras mojadas evocaba un espíritu quieto, algo de un pasado
sin prisas y que, por pasado, quizá envuelto en la benevolencia del recuerdo,
no dejaba de ser presente.
El
tañido de la campana me despertó. Sin saber la hora me levanté de la cama y
abrí el balcón. La Plaza
Mayor estaba solitaria y silenciosa bajo una fina brisa
serrana. Una débil lluvia persistía, sin bien ésta no enmudecía el aviso de los
picos de las cigüeñas. Respiré profundamente y me dejé llevar por el duende que
habita en la Plaza:
-
En penumbra estaba Leonor, con una silla a
su vera. Acepté su invitación y estuvimos hablando de aquello y de lo otro, y
también de Antonio. Es cierto que los versos de Machado adquieren una fuerza y
una pasión por las tierras sorianas que no admiten duda, pero, al mismo tiempo,
también agarra a sus gentes de miradas que no miran y que arañan como el arado
a la tierra en busca de talentos para ponerlos al sol. ¿No escribiría sus
letras tan afamadas por estas tierras al enamorarse de ti?, - le pregunté a Leonor.
Dejé pasar un tiempo aceptable, pero no me respondió. La muchacha parecía
triste, sin bien en el fondo de sus ojos atisbé un ímpetu de valentía. El caso
es que después de unos minutos de escucharme y sin esperármelo, dijo: lo que me
preguntas es algo que no me dio tiempo descubrir. Y tenía razón. La danza del
tiempo seguía con el ritmo de unas canciones de colmeneros y de cortadores de
leña que aparecieron por los soportales del Palacio de los Linajes. Las letras
que entonaban eran cuna de una jocosidad picaresca a la primavera que ya venía
sin freno en sus sangres para encontrar alguna moza en la que volcar todas sus apreciaciones
de la naturaleza en la que envolvían sus vidas. El grupo se detuvo, no sin
sorpresa, en la Fuente
de los Leones para llenar sus cántaros de agua. Un chavalillo se encaramó hasta
uno de los animales y con su gracejo vociferó el sueño de coger el mundo y
sentirse dueño de su vida. El vuelo de un cuervo acalló al muchacho, que bajó
del león de piedra y se fue al abrazo de su padre. El grupo recogió sus
aparejos y el fruto de su trabajo y continuó con su marcha y sus canciones,
aunque éstas eran melancólicas ya que nacían del recuerdo y la tradición. En el
rincón de la Plaza,
Leonor me indicó que mirase hacia un balcón. Una doncella estaba asomada. Al
tras luz, por las velas del interior, de la sencilla prenda de seda que la
cubría se adivinaba un joven y hermoso cuerpo. La joven parecía nerviosa, pues
no dejaba de mirar a todos los lados de la Plaza. Al pronto, los ladridos de unos perros
acapararon su atención y su angustia pareció crecer en unos rápidos e
incontrolados movimientos. El ruido de los cascos de los caballos sobre la
calzada de piedra indicaban que venían despacio, hecho que adelantaba la
tragedia. En un alazán negro venía un cuerpo con las manos y los pies colgando.
La joven doncella al ver el cuerpo inerte sobre el caballo que ella había
regalado a su amado dejó el balcón y apareció, descalza y toda llorosa, en la
misma Plaza. Levantó la cabeza del muerto y confirmó su dolor con un grito de
impotencia al destino que levantó a las cigüeñas de sus nidos en plena noche.
Los ecos de los cascos sobre las piedras se iban silenciando y en la Plaza lo que más se oía era
el llanto de la doncella, sola, creída de su muerte en vida, aunque el salpicar
del agua de la fuente la avisara de su engaño. Las estrellas del cielo, que
parecía abrirse, apenas centelleaban, aviso de que la madrugada llegaba a su
fin. Sin embargo, la Plaza
emanaba voces de hidalgos y de vulgos, ruidos de carruajes, balidos de ovejas,
golpes de cayados en las piedras, reclamos de mercaderes, juegos de niños y
también algún que otro beso robado en la oscuridad de un atrio.
Desde el balcón del hotel volví a oír
el tañido de la campana, a las cigüeñas. El duende de la Plaza me dejó para esconder
su imaginación justo al apagarse las farolas. La amanecida ya recortaba el
perfil de los montes en el horizonte y el sueño me hacia preso de mi peso.
Cerré la ventana y volví a la cama. La noche soriana fue lujosa y los detalles
de ésta los dejo para mis recuerdos.
Soria, once de
marzo de 2011.
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