VUELTA AL ENCUENTRO.
En el yermo de las agujas del reloj
me
planto, con la mirada, aún no vencida,
con
mis manos llenas de húmeda tierra
en
desafío al mordisco del viento que todo quiere llevarse
sin
nombres, sin palabras ni acentos.
Con
mis puños cargados de tierra,
me
acercaré a la mudez del Hombre,
y
a él, le invitaré a tocar la tierra
que
soy, que llevo.
Le
enseñaré a olerla, que sienta su movimiento,
que
palpite junto a ella como entonces,
luego
de miles de días y también de noches,
como
hacía en el regazo de vida por luchar.
Con mis puños cargados de tierra,
inventaremos un abecedario, nuevas estrellas
que pondremos, como chinchetas, en el tapiz
de la noche.
Y quizás, sólo quizás,
nos llamemos en la voz que siempre nos
enlazó.
Pero
si no, seguiré camino
por
este yermo, hasta que el vuelo de la palabra
me
devuelva la identidad
de
lo que soy y siento.
Caminaré
sin flaquear,
y
si me aparezco en el espejo del desánimo,
apretaré mis puños llenos de tierra
y
volveré a ser ella, a respirarla como aliento sagrado,
para
luego, seguir, seguir la busca,
hasta
el confín de otro Hombre.
Y
no me agotaré porque soy tierra,
porque
llevo luna y sol, porque soy árbol,
y
también lluvia, río y mar.
¡Y
esperaré!, esperaré una voz que me nombre
con
mis puños cargados de tierra.
Y
aún en silencio, continuaré, estepa abierta,
sobre
el blanco que sostiene los mediodías
hasta
que mi saber sea amamantado por el fruto
de
los olivos, hasta ser brisa rizada
de
las olas, o la mar que besa la tierra.
También
seré acantilado, para bajarlo
desde
mi vista curiosa,
o
subirlo por la cicatriz del eco,
rompiendo
mis vestiduras,
en
la sinrazón de un canto de sirenas.
Me
avisaré en viento a la lluvia,
en
ocaso a los astros por venir,
al
ahora que busco y que escribo.
Me
anunciaré a todos, a ti y a mí,
y
empujaré a las nubes, animándolas
en
su huida, de sus sombras frías, lóbregas
que
en ayeres nos fijaron las sangres.
Y
el calor será para todos,
Sí,
para ti y para mí también, ya que te nombraré
o
me nombrarás con voz nueva para inicio de amaneceres.
Entonces,
los dos, si la palabra floreciera,
iniciaríamos
unos pasos en tierra húmeda,
hollándola
por el peso de lo que somos,
y
jacintos, laureles, albahacas y tomillos
colgarían
sobre el cuello de Eolo,
en
el apéndice de un creciente mundo
como
regalo al desnudo de toda Atenea.
Nos
elevaremos, por las eras del mármol,
proclamando la palabra en palpitaciones
de
un viento no engendrado en la oscuridad,
ni
en la cueva, y sí, al céfiro abierto desde los mismos
brazos
del sol. Invitaremos a quienes nos oigan,
y
a los otros, con más deseo si cabe,
a
escuchar la hierba que crece, la sinfonía
del
orto antes de moverse.
Veremos
el baile del búho y de la alondra
como
de la naturaleza su haz brillante
por
justo cumplimiento,
o
de la vid su rito vendimiado.
Nos
detendremos más cerca del silencio
hasta
que, por sorpresa del respiro,
mil
y más, muchas más palabras,
resuenen
en las grietas de las piedras
para
nacimiento, en ese instante,
de
lo no encontrado y quizá dicho.
Y
la esperanza, vendrá, con pálpito,
en
busca de la voz que no cesa
del
Hombre que se nombra, que se llama,
y
oye el eco del otro que le canta desde otros nombres.
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