viernes, 10 de abril de 2020

OTRA REFLEXIÓN








Dentro de un jarrón sin flores el corazón me gotea, espina a espina, por los libros de hojas rojas que se cierran sin haber puesto la contraportada. A la vejez se la quema como un periódico en una hoguera, sin leerlo, inconscientes de las historias que llevan impresas. A la vejez, inmenso remanso de la sabiduría humana, se la seca con el Terral del relativismo, se la encarcela en el inconsciente egoísta del hoy, de lo que vende. ¡Qué gran equivocación!La vejez es el espejo en el que la juventud debe mirarse, el agua necesaria para regar su existencia, la pradera, que pareciendo muy lejana, debe alcanzar paso a paso. Debe ser la cima que se sabe que está al fondo del valle por recorrer, es la rama de olivo donde colgar las dudas, la cicatriz por la que nos definimos como humanos.
En estos días de jarrón sin flores, de calles sin personas, de pasos cortos en derredor de sillones, de mesas, parece saltar, como un saltamontes escondido detrás de una mata usual, reflexiones que nos parecen nuevas por inhabituales. ¡Qué va! La vuelta atrás – es lo que significa reflexión-  siempre ha estado ahí, como el muro que delimita nuestro camino, y por ello mismo pasa desapercibido. El mundo siempre ha girado a la misma velocidad y sin embargo, el día, el ahora, se quiere, se exige en el instante, con rapidez, si no ya no vale. El poeta Horacio dijo “carpe diem”, es decir, “aprovecha el día”. Claro que tenemos que tomar el día, pero para saborearlo, para crearnos en él, para compartirlo con mil sensaciones, con millones de sueños, desde que vemos encender su antorcha hasta soplarla para acogernos al descanso del guerrero, esperando volver a palpitar con el encendido de un nuevo "carpe diem”. Y eso, repetido unas decenas de miles de veces es la vejez.
A lo largo de la historia los pueblos se unían en contra del invasor, como hace nuestro cuerpo para echar a cualquier patógeno. Ahora, dentro de lo que se ha llamado la Globalización, la humanidad se une al verse en peligro, al sentir el miedo por su existencia. ¿De verdad que sólo vamos a mirar al otro, sin los prejuicios de razas, de religiones o de clases que sólo existen en nuestro imaginario de soberbia, cuando intuimos que el final de todo lo tenemos ante nuestros ojos? Volvamos atrás, reflexionemos.
Miguel Delibes, en su novela “La hoja roja”, relata la vida de unas personas  que después de años de trabajo pasan a la jubilación. Respetemos las manos callosas de nuestros padres, las decenas de arrugas de nuestros abuelos, que no son otra cosa que las pirámides y los caminos de la sabiduría humana. No dejemos a los que han caminado hasta el lago de la vejez en mitad de una calle solitaria al albur del viento de la displicencia, del relativismo y del egoísmo devorador en el que nos miramos. Volvamos atrás. Seamos por unos instantes ayeres. Reflexionemos. 



Madrid, 10 de abril de 2020.

sábado, 23 de marzo de 2019

EN UNA NOCHE CON ELLA.














Una cortina de agua perfila
tu beso en junco florido de verdes
y marismas. Tú, ebúrnea que muerdes
los abrazos bajo la Luna que hila

la noche de nácar que nos descafila.
Sombra que te vas, haz que te pierdes
en las arenas y espumas valverdes
y ser, de caracola, eco que rila,

brisa océana de volcán candente.
La vida, abismo de la pasión,
ilumina, de estrella latente,

a nuestras sangres, carne corazón,
crestería del instinto emergente
por el poro de la razón ausente.




Madrid, noviembre de 2007.

NO SÓLO ES SUPERFICIE.








A la caza de la imagen y moda que vende, comprándote en somnolienta complicidad del yo y el exterior, la aguja que puntea, el cincel que labra el hábito que cubre la desnudez del hombre niño, patrio. El disparo que rompe y mata se yergue en bandera dorada de la fiesta al pie del SINAÍ; golpe de naturaleza a libre viento de instinto, tormenta y granizo que desgarra el tejido de un algo, seda que descubre lo más sencillo de la carne apolínea y placentera. ¡Despierta! El camino nunca está quieto a pesar de su
enmarque, como óleo en galería de museo, pero sí que es el mismo a pesar de los pasos, de los latidos, cortos o largos, de tambor o de campanillas. No es prisa. Sí es comenzar, anudar la cuerda que enganche el compás de lo empírico con la quilla de vaivén que hasta hoy nos ha acunado a toques de risas y lloros. ¡Muévete! El río se desploma por la cascada y no sabe hasta dónde llega. ¡Despierta! ¡Muévete!; el miedo abandona tu palabra curva por ser inevitable la llegada.



Madrid, 4 de marzo de 2009.

ORILLA




Orilla. La otra orilla
y entre las dos
una piedra que espuma,
en vagina de mar,
hasta la oscuridad de lo profundo. Perdida.
¡Cómo me ahogo al respirar el aire!




Madrid, noviembre de 2007.

viernes, 22 de marzo de 2019

BRUMA














La bruma respira - entre los demás y yo - 
desde su tapia blanca, en susto
que me amedrenta y encoge
en trapo de pinza y alambre.
Enfrente la bruma que me viene,
detrás la bruma que me dejé
y sobre mis hombros, a gotas
de pánico, la bruma que me sujeta
dentro de su misteriosa y densa preñez.
No tengo distancia,
me ausento de todo lo tangible
y el eco del terror humano
me posee - tierra y semilla - 
con su violencia abierta a lo desconocido.

La carne del miedo es lo que me delata.



Madrid, noviembre de 2007.

DE LA VIDA.












La ruptura - destrucción- es un simple poro
infectado de sinrazón
por el aliento pútrido del tiempo que nos pasa,
con sus alas negras,
y dejarnos bajo se extensa sombra.

La resistencia - unión - es un pústula
que aventuramos a reventar, en pico de alfiler,
como única epopeya por sentido del paso,
a medio dar, dentro del bosque renovador
de los regueros calientes de nuestros humores.



Madrid, noviembre de 2007.