domingo, 3 de febrero de 2019

UN RECUERDO SIN AVISAR





No sé porqué, pero hay momentos en que los recuerdos invaden mis sentidos, mis percepciones, como los estados de ánimo nos asaltan; de improviso. Seguro que el loco suceso que ahora contaré debe tener algún sentido, algún misterio, pero no importa.
Hoy nieva en Madrid. Estoy sentado frente a un gran ventanal que me acerca la nevada hasta la superficie del folio que escribo. De repente, unas voces de niños y, sin más, ocasión el chistar de una abuela que intenta contar un cuento o una historia de la que ella fue parte de alguna manera. - Niño abre más los brazos que así no puedo hacer el ovillo -. La historia que contaba la abuela tenía tanta emoción y tanta sorpresa que absortos nos tenía a todos, bueno, a todos menos a mí que me cogió por mayor para ovillar la lana. En mi mente tenía el recuerdo pintado, fotografiado tan real como lejano en mi tiempo y sin embargo me preguntaba cuándo ocurrió, cómo fue, y cómo pude hacerme con ese recuerdo en aquel preciso momento. No tengo respuesta para ello, pero hay veces, sino siempre, que empezamos a vagar por situaciones no rutinarias, sin reconocer las cosas, los sucesos o las circunstancias que las llenan. Viendo la nevada, mis percepciones tomaron un giro inesperado y de pronto me encontré perdido dentro de un momento que pertenecía a mi vida. Sin darme cuenta me perdí en mi historia, en la que me hice poco a poco para ser yo. Ahora me doy cuenta que el pasado no es otra cosa que una peonza que mientras más calcomanías le pegue, antes las lanzará hacia su exterior, que no es otra cosa que el futuro.


Madrid, febrero 2005.

sábado, 26 de enero de 2019

ELLA.



Foto de estudio de pareja apasionada tener relaciones sexuales, primer plano Foto de archivo - 38029429

Hay cosas en la vida que pasan, y lo hacen sin apenas darnos cuenta de ellas. Otras, en cambio, atrapan la vida con toda su intensidad, con la esperanza abierta, con el misterio de un reloj de estación de tren. Una de esas cosas me pasó hace un tiempo y aquella experiencia se incorporó a mi espíritu de inmediato.
Conocí a una mujer. Ahora  sólo está en mi recuerdo, aunque sigue engrasando mi imaginación.
Ella es como Calipso que mantuvo en sus brazos a Ulises que, por cierto, se tomó con mucha calma su regreso a casa. Yo no soy Ulises, pero tampoco, o al menos así creí, tenía la vuelta para un día determinado, aunque soy consciente que todos volveremos a algún lugar o a un sentimiento de otra persona de una manera  y forma inexorablemente.
Ella se asomó a la ventana de nuestra aventura como lo hace el viajero; su verdad hizo desaparecer las ventanillas y a mí  me hizo que pisara tierra, el paisaje concreto que para mí, en aquellos días, no fue otra cosa que su rostro. Nos miramos y nos amamos.
Levantamos un edén al aliento de África. Ella, me perecía un azul
desparramado por la escalera de deseos que subían hasta su boca. Yo, un niño desnudo. Ella me saciaba como sacia la primavera de aromas un campo de hierbas silvestres, me colmaba desde el fondo de la invocación. Ella era el sol que hervía mi piel y, con ello, mi alma. Me convertí en un acantilado entre sus curvas que eran bellas bahías bordeando su sublime volcán, el cual regentaba toda la fuerza del espliego y la jara. Estábamos subidos en el carro del fuego sobre la nieve, sobre Pegaso sudoroso de sentidos alejándose de la rutina y sin más plegarias que nuestros besos como bancos de peces.
Pero siempre hay fantasmas que salen como encajes de la niebla que siempre adorna a todo lo humano. La miraba y no quería
antifaces entre los dos, que la luz del mundo dibujara nuestras miradas. No quería el lado de las sombras. No quería el rito del anonimato. Pero hay veces que la niebla a la que me refiero no es algo para que alguien la atraviese como un sueño. No quería que el silencio de Ella fuese mudo, sino vociferante y quería oírlo una y otra vez, beso a mil besos, terremoto a terremoto que abrieran
nuestros cuerpos a los sentidos. Estar con Ella me purificaba como el Mediterráneo hizo con Goethe. La pasión siempre se sobrepone a la destrucción y en mí, ésta era el querer dentro de entrañas, estar a la altura de Ella. Quizá sea la forma patética de la belleza invisible que un día determinado nos propone. Pero Ella seguía siendo la fuerza de nuestro paisaje que se alimentaba de sí mismo en el horizonte infinito donde Ulises dejó varada su nave. Y mientras, me perdí entre sus geranios, entre sus frutas, en sus pezones como mazapanes dorados de sexo. Nuestro paisaje se quebraba en breñas, se hacía más violento y por ello más profundo y verdadero. Nuestros corazones se oían por miles y sin embargo se sentían el uno al otro en mitad de la sonoridad de las alturas de nuestros besos. No quería el silencio de las piedras negras; coches, asfalto, la mirada de unos ojos tras los visillos.
Tenía un desafío en la mente, aunque, luego de un segundo, todo volviese al silencio de nuestro sonoro silencio convertido éste en cantares de versos en tinta negra, solitarios. Pero Ella y yo estuvimos viviendo un profundo Mediterráneo en gritos, que erizaba la piel en espuma por los suspiros de Eolo.
El reloj de la estación volvió. Ella, cielo puro, capricho de la luz al diluirse en el cristal del recuerdo y tomar forma bella en el espíritu de los estetas. Y todo para escuchar las palabras que todos queremos oír; “te amo”. Nosotros miel y lavanda en el filo de la noche rota por nuestro silencio azafranado.
Y el gran reloj de la estación gastó su último movimiento de agujas para dar salida al nuevo tren de la vida. Otro reto y deseo para mi cuerpo y mente, aunque sé de mi espera en esta vieja estación de trenes.



Madrid, 24 septiembre de 2009


domingo, 20 de enero de 2019

VISITA AL MUSEO DEL PRADO. BELLEZA.





Algunas mañanas me pongo en marcha y paseo por las arenas y los olores de El Retiro. Es un camino que abre la sensibilidad de los sentidos, sobre todo la mirada. Los pasos por dicho parque es una buena puerta de contrastes antes de adentrarme en cualquier sala del Museo del Prado. Cada vez que lo visito, y ya van unas cuantas, mi asombro por las figuras, por los objetos o por los paisajes que me rodean, se agranda. La percepción de la belleza me hace mirar y mirar, hecho que luego provoca en mi consciente una reacción de palabras que más tarde me harán viajar a un conocimiento, que en lucha vana, me acercan al entendimiento de la belleza subjetiva, pues cada uno tenemos diferentes apuntes de ella. Un ejemplo de esto es que algunos dicen, y digo que dicen porque no sé lo que piensan, que la belleza es simple, fácil, y otros manifiestan que la belleza es difícil. Personalmente no tengo la idea formada y aún menos la mirada educada para posicionarme a favor de alguna de las dos perspectivas sobre la belleza, aun acertando su razón de belleza como armonía y perfección.


JARDÍN DE LAS DELICIAS- ( EL BOSCO)



Los pasos, en este caso por el Prado, lo que me incitan es a mirar y a mirar, a observar por curiosidad, también por naturalidad; ¡qué hago en un museo si no mirar! Y digo que, cada vez que entro en el Museo del Prado, lo primero que siento es un asombro por esa educación de la luz que auroran, mediodeanatardecen sus paredes. Pero el mirar hay que acotarlo, hay que llevarlo a un tiempo limitado, pues,si así no lo hiciera, el asombro se escaparía de mi entendimiento, cambiaría de nombre y también de palabra.
Una vez el tiempo cumplido, el caminar de nuevo por El Retiro se me hace más íntimo y todo él se me abre con distintos tonos de colores o de sombras, de arenas o de vuelos de pájaros, a los que, quizá un nuevo y pretenciosos entendimiento, me hace casi creer que puedo cogerlos.









Madrid, 2012.

domingo, 13 de enero de 2019

Desde la terraza de mi casa en la calle Argensola. Madrid, 1971. Recuerdos.






Se abre la tarde sobre las escayolas ribeteadas en azul y blanco gasa. La brisa de Guadarrama, en serpentín sombrerero, adelgaza los alquitranes rodados de Madrid. Los balcones en radios
abiertos al "Carrusel Deportivo" y dentro, entre algunos desconchones de más futuros y quizás de infinitos frenados de siempre, los sabidos lamentos del vecino que mira y remira su quiniela. Los gastados tejados se van en olas pardas de gorriones bajo cornisas de nidos y planeos escondidos, y la hora de las camisas de paseo, del boquerón en vinagre y el calamar frito al debe de la espumosa caña, se descuelga hasta las aceras, como incensario seguido, impregnándolas de saludos y sonrisas que
aceptan la compañía de los pasos que doblan la esquina. Se cerró la tarde bajo las llaves de las farolas, sobre los espejos de adoquines de trazos y manguera, en el silencio roto del chuzo de un sereno que iba, en carcelero ligero y dormida rota, buscado la voz que enmarcara el rostro de luna culpa. Se cerró la tarde tras la hoja escrita por mi retentiva y mis añoranzas. Se cubrió la tarde de retrato con la manta y el polvo que me negrea. Se ahogó la tarde en su misma marea.






Madrid, 2012.

jueves, 3 de enero de 2019

EL ÚLTIMO REGALO DE REYES DE MI PADRE..



En las personas, con los años, la añoranza se nos mete por la piel como los rayos de sol en primavera. El tiempo, inexorable para
las gentes por la consciencia de él, nos regala o nos castiga de forma arbitraria y sorpresiva, si no la historia de cada uno sería demasiado aburrida. Y así un día de apellido especial, ése en el que los sueños de juegos apenas nos dejaba modorros a primera hora de la noche, recordé esbozos de mi niñez compartida con mis hermanos. Pero como dije, el tiempo nos sorprende y en mí se alzó la aventura desde la voz de mi padre.
-¡Niño!, voy a hacer picatostes. ¿Tú vas va querer alguno?
Sin pensármelo dos veces fui con mi padre y en la cocina lo vi
con el lío de la sartén, el aceite y el pan.
-Niño, esto me recuerda cuando yo era un chiquillo.
Mientras esperábamos que el aceite hirviera, mi padre cogió un
plato y lo medianó de agua, para luego echarle un poco de sal.
-¡Jo!, se me está haciendo la boca agua.
Él recordaba, a través de los hechos y los sabores que siempre nos acompañan, a sus padres, a sus hermanos y demás familia de su ya lejana infancia.
Saboreamos, picatoste a picatoste bañados en agua sal. Desde aquél desayuno del día de los Reyes Magos y después de compartir ese momento con mi padre, me rendí, una vez más, ante la evidencia que siempre negamos, por hacernos maduros y consecuentes, de que los Reyes Magos también regalan sus encantos extraordinarios a los escépticos o relativistas, que tanto están en boga, a plena luz de día.




Madrid, enero de 2012.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Y LLEGANDO.




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La sirena de un coche de policía me despertó. Salí al balcón. Desde allí vi el tumulto que en unos minutos desapareció como me despertó. El amanecer estaba preparado para azafranar las pequeñas nubes que se intuían en el cielo. Decidí prepararme para salir, aunque el reloj me quiso engañar al otorgarme un tiempo que parecía sobrarme. Pero a mí el tiempo siempre me falta. El caso es que al salir a la calle sentí el día hermoso y eso me impulsó hacia la vida. Después de andar unas calles, un olor a café me penetró sin permiso. El local estaba a rebosar y las gentes entraban y salían sin dar ocasión a más de dos o tres miradas. Se tomaban la vida sin pausa, con avidez, y sin más desaparecían por la penumbra de la puerta del bar. Esperé un poco y con tranquilidad me senté en una mesita redonda, con el pie de una máquina de coser muy antigua. Otras etapas de mi vida quisieron volcarse sobre mi vaso de café, pero lo único que eché en él fue un poco de azúcar. El tintineo de las cucharillas con los platos, dejaba en el ambiente una música de mañana temprana, de ensayo orquestal antes de un concierto. Dejé en el borde del plato un par de servilletas y sin pensarlo atravesé la sombra que aún guardaba bajo el toldo la puerta del local. La calle era otra cosa. Los trajines, las voces, los pasos de cebra improvisados entre el atasco de coches, los humos de un autobús que ya debía hacer sus últimas rutas, y los camiones cargados de mercancías sobre las aceras, daban a la ciudad un mareo de caos y, a la vez, un sello tan antiguo como ella misma. Pregunté a un frutero cómo podía llegar al lugar debido. Me miró medio sonriéndose y quitándose la gorra de sudores y madrugadas me indicó qué hacer. Anduve por calles estrechas hasta que salí a una avenida hermosa, llena de árboles y coloreada de flores que bullían de frescor. Llegué al número indicado. Miré la fachada del edificio hacia arriba hasta ver el cielo que no tenía nada que ver con el que me encontré al despertarme gracias a la sirena del coche de la policía.




Madrid, 2012.

lunes, 26 de noviembre de 2018

LA LLEGADA.






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El avión aterrizó como la mayoría. Sin embargo el vuelo continuaría. En el aeropuerto preguntó por el enlace con el metro de la ciudad. Era algo distinto llegar a un lugar y viajar por sus entrañas. ¿Cómo sería la ciudad bajo la luz del día? Ya tendría tiempo para sentirla. A mitad de un periódico gratuito, llegó a su destino. El nombre lo había leído en un texto de Galdós cuando estudió literatura española. Salió a la plaza y preguntó por el nombre de la calle. ¡Al fin!, se dijo. Llamó al timbre. Una señora con el pelo blanco y mellada le ensañaba el estudio. Una vez cumplido lo correcto y dándole las lleves junto a los recibos de la fianza y del mes corriente, la señora abandonó el escenario. Dejó su equipaje, se quitó la mochila y echó otro vistazo al pequeño piso; abrió el gran ventanal de doble balconada. Al poco, bajó a una miscelánea regentada por unos chinos y compró lejía, guantes, estropajos, desinfectantes y una pizza para hacer en el microondas. Después de limpiar la pequeña cocina y el baño, se sentó. Miraba su nueva casa como un objeto al que ya había quitado el envoltorio. Sacó de su maleta algunos objetos; ceniceros, pequeñas esculturas, unos libros y una lámina. La luz que entraba en la casa era clara e intensa y tuvo que buscar el lugar para colocar el dibujo. En un momento se decidió y, con cuatro chinchetas ubicó la litografía. Aquello era otra cosa. La casa decía algo diferente y con unos toques simples la había dado la respiración. Entonces la sintió viva. Sacó del microondas su pizza y comenzó a comer frente a la lámina que con aquella luz cobraba la intensidad que debía tener la obra cuando el pintor la plasmó sobre el lienzo. O eso pensó. Sacó de la mochila su cuaderno de notas y comenzó: “El día se mece por la luz clara que la pincelada amplia chorrea sobre la arena, sobre la marea sin aventura alguna. En una cara, sobre un dorso desnudo, el sol como ara de su fin. El amarillo en pelea con el azul en mar de la “solea”, con la barca sobre la playa para fijar el deslumbrador realismo de un pulso, de un sentir mediterráneo, barroco. ¡Luminosa pintura que recuerdan los veranos de la infancia desnuda! Claridad impregnada por dos fuertes manos......" 
El sueño venía en su busca, pero no debía dejarse atrapar. Una vez ordenadas sus ropas y las cosas que tenían que ver con su casa, se dio una ducha y sin más dilación se conectó a la red. Luego escribiría algo.



Madrid, 2012.