lunes, 5 de diciembre de 2016

En el camino de cuesta y mojada
tierra, al perfil de mi niebla ceniza,
empapada de olor y de frío,
una piedra se yergue
del ras que voy pisando.

Esa piedra; espejo de invierno
y piel de árbol abierto,
se me hace refugio de mis noches,
es golpe ahogado y sordo
de la vida opaca del mundo.

Esa piedra; singular
crónica ciega de los ayeres,
seno de vientos que caen
a la nada del carnal
muerto por lo inexistente
del silencio, y en su oscuro.
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La piedra, esa piedra llena de universos,
es fruto, estrella caída de horizontes
con luz y escarchas. ¡Piedra!
Esa piedra;
                                 de la nube negra, granizo,
                                 del volcán, vapor rojo que quema,
                                 en la mar, fondo y orilla,
                                 y de un yo, mi primer enigma.





Del poemario "El jardín de Mnemósine" .2007

domingo, 27 de noviembre de 2016


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Y la vida toma otra cara
en el espejo de las mareas; los soles
van como arañas por el celeste
abierto, y el viento endulza
de besos las músicas de lo ya tomado.

Y la vida sella lo que somos
con la oscuridad y el silencio
de las entrañas vacías de la Tierra;
               la muerte jamás está ganada
               porque somos tiempos en Tiempo.





Del poemario " El Jardín de Mnemósine". 2007

sábado, 26 de noviembre de 2016




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El eco del Hombre
está en sus silencios.
Hoy, el eco
es una vitrina que se apaga,
un mundo derruido
por los mercúrios, por dejar de ser.
El eco es por hueco,
por los poros sin vello,
está en la curva tensa del verso
que ya no habla,
es rota aurora de bajamar.
El eco no es más que una boca sin labios,
ausencia de viento,
repetición de otro eco
en ese Hombre que es isla entre las dos/
                                                               voces que oye.




Poemario "El Jardín de Mnemósine". 2007

miércoles, 23 de noviembre de 2016


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Un hombre ad infinitud en su sombra
de acera, y un viento
da ventajas a sus pasos
tan largos como su deseo por llegar.
Un hombre, solo, cuelga de una farola,
tronco de sentirse un dios,
y positiva su caparazón
con la luz caída en el hueco de sus dudas.
Un hombre vaga
entre las marismas sin estación,
por la senda hendida para sus huesos
en negrura fría, y va, va y se pierde/
                                                  en lo arcano de su alma.


Del poemario " EL JARDÍN DE MNEMÓSINE". 2007

miércoles, 9 de noviembre de 2016





SOBRE EL CONCIERTO DE TORRELODONES EN EL XXV ANIVERSARIO DEL LITOSPACIO DEL ESCULTOR JUAN MORAL MORAL.



Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a un concierto del pianista Pablo Peláez. La experiencia fue emocionante y sugerente. Emocionante por el pulso de las notas que, como mariposas en la ya tardía primavera, volaban del piano de forma suave, tranquila hacia mi espíritu y liberarlo de una realidad que cambió de la rigidez diaria a lo ingrávido de la armonía, en este caso, por la emoción en sí misma o por la necesidad de ella. Y de inmediato sentí como la serie de notas me bañaban de placidez, de sentirme dentro de ellas, alejándome en un columpio de melodías de la orilla del escenario, de las arenas del asiento.
También fue sugerente porque con cada composición que Pablo acariciaba sobre su piano, me encontré con el impulso de su creación. Un impulso de mano fuerte y segura, de pentagramas solitarios que hay que acompañar, de gestos mudos antes de escribirlos en una nota, del desespero que anda entre la soledad del piano sin manos y el tic del oído que afina. Una creatividad tan dura y fructífera como el olivo es lo que Pablo demostró al regalarme varias de sus composiciones que, en mi fantasía aducida por su música, me llevó de la mitología griega; fuego, agua, tierra, aire, a un paseo por la naturaleza ahora viva y esplendorosa.
Con estas palabras quiero decir que el creador y pianista Pablo Peláez, en su concierto del 20 de octubre, me sorprendió y emocionó, siendo ambas cosas a la vez el gran milagro de cualquier artista.
Desde estas palabras mi enhorabuena Pablo Peláez.



Madrid, 28 de octubre de 2016.

domingo, 6 de noviembre de 2016



Componer, Botella, Rayos


















Hay tantas formas de vivir un sentimiento
que jamás serán contadas
dentro de unas palabras por sí solas;
       el párpado que borra o abre
       algún ojo de pestañas
       errante de otros caminos,
       la fiable mano de un padre
       sobre un hombro del hijo.

Hay tantas formas de vivir un sentimiento;
       dulce calor de la lumbre
       en la cara de solano
       por la amanecida recta
       tras un paredón de piedra
       hecho de lo prohibido.

Hay tantas formas de vivir un sentimiento;
       un libro que excorie con sus páginas
       el espíritu de lo poético,
       la musicalidad entrecortada
       en tiempo ancho, largo y andado en recuerdo
       sin más fruto maduro que uno mismo.

Hay tantas formas de vivir un sentimiento;
       el sabor de un café en taza de borde
       desconchado por temor de unos dedos
       rematados de pintauñas rosa,
       un pajarillo asustado de jaula
       en favor de unos "chipiculías".

Hay tantas formas de vivir un sentimiento
que no es preciso ajustar su momento,
pues hay que saberse viejo junto aquél.

Hay tantas veces de vivir un sentimiento
que no importa su consumación.
¡Hay tantas vidas vivas en un sentimiento!






MADRID, 14 NOVIEMBRE DE 2005.

miércoles, 18 de mayo de 2016


Hombre, Persona, Frustración, Retrato



El sueño del abuelo.

El abuelo tenía los pulmones demasiado endurecidos por los golpes de tos que los años habían anidado en ellos después de los estacionales abandonos de las cigüeñas. Cuando el aire solano cicatrizaba en esculturas, casi inmóviles, los humos que salían de las chimeneas de las casas, el abuelo se sentaba en su mesa camilla con su vista vuelta a la calle, a la plaza de su pueblo. No había otra cosa que le gustara más que ver pasar a sus paisanos por delante de su casa, hecho que movía la memoria del fatigado abuelo, pues cuando veía a algún conocido él mismo se retrotraía del presente y volaba en busca de parientes, de familiares o de algunos conocidos que apadrinaron el mote del transeúnte del otro lado de la ventana. El calor del brasero y al monótono ruido de la bombona de oxigeno hicieron que el cansado abuelo tomara el tren de un leve sueño sin apearse de las orejeras de su sillón. Con la boca abierta y con pespuntes de placidez sobre su arrugado rostro, el abuelo soñaba; se fue a tiempos futuros encontrándose con su pueblo que apenas reconocía. Vio a sus paisanos muy cambiados. Hasta la forma de hablar entre ellos le pareció de lo más raro, y claro, no entendía nada. Por las calles no pasaba casi nadie y los pocos que se atrevían a andar por las estrechas aceras eran jóvenes de nerviosos pasos y prisas por pisar el destino marcado por sus pies. En los parques, bueno, sólo quedaba uno en todo el pueblo, el de la plaza, no vio a ninguna madre con su hijo de la mano en busca del saludable ratito de sol, no vio a ningún niño columpiándose para reto con la graveza de su cuello, no vio a ningún abuelo echar trozos de pan a los gorriones que medio habitaban los tupidos árboles que perfilaban los jardincillos. No vio ningún pajarillo bebiendo en el tímido aljibe que emergía del pie de la vetusta, pero todavía fresca fuentecilla. ¿Era cierto lo que estaba viendo? ¿Serían así las cosas en un futuro? El abuelo continuó paseando en sus ensoñaciones y se dio cuenta que lo único conocido del lugar, en un ya muy lejano día de su experimentada memoria, que fue su pueblo, era un viejo, un muy viejo árbol que estaba en medio de la plaza. Su tronco era muy grueso, bastante oscuro y con muchos surcos y pliegues en su dura corteza. Sus raíces estaban encarceladas bajo el solado de la misma plaza, por lo que a su vida también le costaba salir hacia arriba, aunque sus hojas eran grandes, de bordes carnosos y de un verde limpio. Miró detenidamente al añejo árbol y se reconoció de inmediato. Era él mismo. Su deseo de reencarnarse en árbol se había cumplido. ¿Pero para qué? El abuelo quiso perpetuase en árbol durante los tiempos para ver a su familia, a las gentes que de su sangre serían nudos de cuerda cerrada, quería pisar las tierras de su pueblo, recorrer sus calles, ver los juegos de los niños en los parques, sentir en las esquinas las charlas de las vecinas que se encuentran a manos cambiadas de idas o de vueltas, ver bajo sus ramas a los ancianos haciendo castillos con los recuerdos, con las experiencias ya idas tras los innumerables pitillos quemados entre los labios secos. Su deseo se cumplió sin recibo, pero sus descendientes ya no eran su familia, las gentes del pueblo ya no eran sus paisanos, y todo porque el futuro no se ofreció a su único tiempo.
La boca seca del abuelo produjo un ronquido fuerte y profundo, rescatando su vigilia hasta sus irises azulados por los pinceles de los años. – He dormido la siesta del burro -, me dijo con su gracejo de añadas pasas al verme tomar un aperitivo a la espera de su despertar y empezar a comer. Mientras saboreamos la caliente y sabrosa sopa del contundente cocido de carnaval, me contó su sueño.