domingo, 11 de marzo de 2018






UN SITIO, un lugar
donde los solitarios tengamos la paz
de los elefantes libres.
Un horizonte de alma,
una libertad que deslíe
tantos prejuicios de la cociencia
que de progresista se queda
en soplo del dardo ya clavado.
Un sitio, un lugar
para la diferencia del individuo
que alerta su libertad.
Mosaico de razas
y alegato de un siento de poder
y fue medio Sol y Luna llena.
Un sitio, un lugar
que el aliento de lo humano se vuelve sordo,
inánime al tacto del sentir de la placenta,
al cerco de la banca
para el ego del otro yo que se apunta.
Mi sitio, un lugar
de persona que demanda la huella
que no sostiene lo que soy.
No hay lugar, no hay sitio
para las brasas del sentimiento
que guardamos, como enjambre de abejas,
para seguridad falsa de nosotros mismos.
No hay sitio, no hay lugar
para alegría de lágrima ajena.
Ya no hay sitio. Quizá habrá lugar
en el que anide el piar, entre los gusanos,
de los infantes dueños del mundo.
Apelo por un lugar, por un sitio
para el sitiado ser humano.



De "Poemas de tinta y aire". Noviembre de 2007.

sábado, 17 de febrero de 2018








Dentro del vientre de la noche
transcurro sin querer,
sin ser el timón del aire
que agrande mis pulmones.

Es la acera mis ojos y mis piernas,
es mi ida hasta otra mano cualquiera
a la caza del número de mi ruleta;
          hueco de la tuerca que toca,
          agujero del primer amanecer,
          delirio de la carne que del placer
          luego despinta el reencuentro hasta el asco.

Dentro del vientre de la noche
no llego, pero me siento,
miro de soberbia a soberbia,
y soy un simple de lo diferente,

Entre la masa del que cambia
no soy timón de aires ni unos pulmones,
estoy como acera nocturna,
fría, sola, asolada y quemada.
Soy, desde el vientre de una noche,
uno más que busca, desde su misma sombra,
lo que el día me rompe y arrebata.

Dentro del vientre de la noche
mi yo, vocifera y reclama
a ese otro que se me acerca y me pasa
adulterado tras el cristal blasonado del reproche.

¿Será mi sombra 
la nube que espesa el grito
que delata, en tormenta de contracciones,
el habitado vientre de la noche?

¿Qué tengo tan diferente?







Del Poemario "Palabras de tinta y aire" Noviembre de 2007.



viernes, 9 de febrero de 2018

REFLEXIÓN.

- Los motivos son algo intelectuales, 
sin embargo las pasiones son dioses
 falsos que necesitan víctimas.-






LOS PASOS ausentes, esperados
dentro de una hora
que es hábito insustancial por ser marcada,
el ver el mismo dentífrico vacío,
asomarse a un televisor de fútbol
o de Salsa Rosa,
lo quemado que no gusta de la tostada de pan
en bocas de prisas y de más prisas que agobian,
el mismo e inmóvil semáforo
de luz verde que no pasa nadie,
el sudor dentro del vagón del metro
atestado de gentes, casi impenetrable,
el empujón de otro que jamás se detiene
ante la esquina de siempre,
la cárcel de un ordenador encendido,
el sentirse dentro de un presente que se rompe
al intentar parchearlo para remediar lo irremediable;
          todos motivos que alimentan o devoran
          el orgulloso intelecto,
          todos reparos lacerantes
          de una única y común razón urticante.

Sin embargo, la posesión de aquellos pasos ausentes
tejida en ecuaciones de aire,
la necesidad nimia que, por ser,
la sabemos por engaños dados,
la imposición de un mí mismo
en el otro que se asoma a un mismo contorno,
la desesperación de un ya, en instante
de perdida, de locura y sumidero
para el credo de poderse,
la angustia de los ojos que ni vemos ni nos ven
pero que amedrentan con presentirlos,
el odio como dardo clavado en sangres
de un rostro antes de ver su boca de perdón;
          todos círculos que como fotografías
          muestran lo precario de una naturaleza simple.

El Hombre, vegetal y carne,
voraz ímpetu con alas de gorrión,
sol de delirios, de furor hueco,
fiebre a la caza de un corazón carcomido,
y sus dioses, espurios por ser momento, por absoluto,
que reclaman sus inmolados para su sostén;
         con el peso del llover
su mismo cuchillo se hace piedra y luego golpe
que rompe, aturde, desde la cresta que amanece
hasta los huesos rotos de su peso en sí;
          restos de ira arrogante.

Las fiebres, ya muertas, van recogiendo la polvareda
desierta y seca de una mirada que,
como perdida, aún espera,
los mismos pasos ausentes, ya si horas,
un atisbo que, temeroso de no sentirse,
de no creerse mar y arena,
titubea, vacila, por el temblor de su encarnadura,
desde lo más profundo
de su larga, angosta y húmeda caverna.






Del Poemario "Palabras de tinta y aire". Noviembre de 2007.

domingo, 21 de enero de 2018






RESUMEN DE "CARTA A SU PADRE" DE KAFKA.



Miedo del padre

“Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación.
Franz Kafka: Carta al padre, p. 7.
Creías que era, más o menos, así: durante tu vida entera trabajaste duramente, sacrificando todo a tus hijos, en especial a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad para estudiar lo que se me dio la gana, no he tenido que preocuparme por el sustento, por nada, por lo tanto, y en cambio de eso, tú no pedías gratitud (tú conoces como agradecen los hijos) pero esperabas por lo menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía; por el contrario, yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en Franzenbad no fui jamás a visitarte, tampoco he conocido el sentimiento de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos, te endosé la fábrica y te abandoné luego, apoyé a Otila en su terquedad, y mientras que por ti no muevo ni un dedo (si siquiera te traigo una entrada para el teatro), no hay cosa que no haga por mis amigos.
ibid, p. 7
Todavía años más tarde me perseguía la visión aterradora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin motivo, venir de noche a sacarme de la cama y llevarme al balcón, a tal punto yo no era nada para él.
Aquello fue entonces solamente un breve comienzo, pero esa sensación de nulidad que con frecuencia me domina (en otro sentido, sin duda, también una sensación noble y fértil), se debe en gran parte a tu influencia.
ibid, p. 13

2. Desprecio de sí mismo

Bastaba con estar contento por cualquier causa, absorbido por ella, llegar a casa y expresarla, para que la respuesta fuese un suspiro irónico, un meneo de cabeza, un golpeteo de los dedos sobre la mesa: “Yo vi cosas mejores”, o “me conmueves con tus preocupaciones”, o “no tengo una cabeza tan descansada”, “trata de comprar algo con eso” o “qué acontecimiento”.
ibid, p. 15

Por esa razón el mundo quedó para mí dividido en tres partes: una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, y a las que, además, no sabía porqué, no podía adaptarme por entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes, lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso, ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad, a pesar de que tu exigías eso como algo que se da por sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor.
ibid, p. 18
Y además, sin poder alegar nada en contrario, ya que contigo resulta imposible iniciar una conversación tranquila si no estás de acuerdo de antemano con el asunto que se tratará o, simplemente, si no parte de ti. Tu temperamento dominante no lo permite. En los últimos años eso lo explicabas atribuyéndolo a tu nerviosidad cardíaca, pero yo no puedo decir que alguna vez haya sido esencialmente distinto; cuanto más, esa nerviosidad cardíaca es para ti un pretexto para ejercer tu dominación, ya que tomarla en cuenta obliga al otro a ahogar forzosamente el último intento de contradicción.
ibid, p. 20
“Si quería escapar de ti, también debía hacerlo de la familia, y hasta de mi madre. En ella, era siempre posible encontrar protección, pero tan sólo en relación contigo. Te amaba demasiado, demasiada era su fidelidad hacia ti como para que, en la lucha del hijo, ella pudiese constituir, en forma duradera, un poder espiritual independiente. Reconocerlo fue una intuición correcta del niño, porque, a través de los años, mi madre se unió cada vez más a ti…
ibid, p. 34

4. Sensación de fracaso

Si comenzaba a hacer algo que no fuera de tu gusto y tú me amenazabas con el fracaso, el respeto por tu opinión era tan grande en mí, que el fracaso, aunque fuese mucho más tarde, era irremediable.
Perdí la confianza en mis actos. Yo era inconstante, indeciso. A medida que fui creciendo aumentó el material que podías señalar como testimonio de mi inutilidad; poco a poco, en ciertos aspectos, comenzaste a tener razón.
ibid, p. 22

5. Ineficacia del castigo

Cuántas veces tuvo que repetirse esta escena y otras semejantes, y cuán poco, en realidad, has logrado con ello. Creo que esto se debe a que el grado de ira y de enojo no parecía estar en relación correcta con el asunto; se tenía la sensación de que tu cólera no podía haber sido provocada por esa nimiedad del estar sentado lejos de la mesa, sino que existía en su entera magnitud ya desde un principio, y hubiese tomado sólo por casualidad ese preciso detalle como pretexto para su descarga. Y como uno tenía la certeza de que siempre encontrarías un pretexto y, conjuntamente, la convicción de no ser apaleado, uno no prestaba mayormente atención y se insensibilizaba además bajo la constante amenaza. Se convertía uno en una criatura huraña, desatenta, desobediente, que buscaba constantemente una forma de huída, una huída interior casi siempre. Así, tú sufrías, y sufríamos nosotros…
ibid, p. 24
También es verdad que nunca me golpeaste realmente. Pero esos gritos, ese enrojecimiento de tu rostro, ese rápido movimiento para quitarte los tiradores y colocarlos deliberadamente en el respaldo de la silla, todo eso era casi peor para mí. “Es como uno cuando va a ser ahorcado. Si realmente lo ahorcan, está muerto y todo se acabó. Pero si tiene que asistir a todos los preparativos para su ejecución y sólo cuando el nudo corredizo ya cuelga ante sus ojos se entera del indulto, es posible que quede afectado por ello durante toda su vida. Además, de tantas veces en que, según tu opinión claramente expresada, merecía yo una paliza de la que me salvaba por poco, gracias a tu perdón, sólo conseguía acumular un sentimiento de culpa todavía más grande. Desde todos los ángulos, yo
quedaba siempre culpable frente a ti.
ibid, p. 28

6. Retraimiento-Enfrentamiento (Erich Fromm)

“El resultado visible e inmediato de esta educación fue que huyera de todo lo que aún de lejos te recordase. En primer lugar, del negocio. (…)
A ti, en cambio, yo te veía gritar, insultar y rabiar en el negocio, de una manera tal que, a mi parecer de aquel entonces, no sucedía en parte alguna del mundo. Y no sólo se trataba de insultos, sino también de otras formas de tiranía. Como, por ejemplo, cuando arrojabas del mostrador, de un manotazo, mercaderías que, no querías reconocer, habías confundido con otras, y el dependiente tenía que levantarlas (sólo la inconsciencia de tu ira hubiera podido ser una pequeña excusa). O tus, palabras constantes, referidas a un dependiente tísico: “¡Que reviente, ese perro enfermo!”. A tus empleados los llamabas “enemigos pagados”, y lo eran, pero, aún antes de que lo fuesen, tú me parecías ser su “enemigo que paga”. Allí recibí también la importante lección de que tú podías ser injusto; por mí mismo no lo hubiese llegado a notar tan rápidamente…
ibid, p. 32
Acerca de Ottla, apenas si me atrevo a escribir; sé que con ello pongo en juego todas las esperanzas del resultado que espero de esta carta. En circunstancias normales, es decir, cuando no se halla en peligro ni padece ningún sufrimiento especial, tú sientes odio por ella; tú mismo me has confesado que, a tu parecer, ella te causa siempre intencionalmente sufrimientos y disgustos, y que, en tanto tú sufras por su causa, ella se sentirá satisfecha y alegre. Una especie de demonio, por lo tanto.
ibid, p. 32
“Con mayor acierto dirigías tu aversión contra mi escribir y contra todo aquello que, desconocido para ti, se relacionaba con esa actividad. Realmente, en ella me había independizado y alejado un buen trecho de ti, aun cuando la situación recuerde la de un gusano que, aplastado por un pie en su parte trasera, avanza con la parte anterior y se arrastra hacia un costado. Me sentía en cierto modo a salvo, podía respirar; la aversión que por supuesto sentías por mis escritos me resultaba, por excepción, sumamente grata. Si bien mi vanidad y mi amor propio sufrían con ese saludo, ya famoso entre nosotros, con que recibías mis libros: “¡Déjalo sobre la mesa de luz!” (casi siempre estabas jugando a los naipes cuando llegaba mi libro), en el fondo eso me agradaba, no sólo por mi maldad no saciada todavía, no sólo por el placer de esa nueva confirmación de mi concepto acerca de nuestras relaciones, sino antes que nada porque aquella fórmula me sonaba como si dijeras: “¡Ahora eres libre!” Naturalmente, se trataba de un engaño, yo no era libre, o bien, en el caso más favorable, aún no lo era. Mis escritos trataban de ti: en ellos quedaban consignadas las quejas que yo no podía presentarte a ti, en persona.
ibid, p. 32
ibid, p. 52

8. Sexualidad: impotencia, matrimonio, prostitución

“Recuerdo una noche en que salimos de paseo contigo, y con mi madre; en la Plaza Joseph, cerca de donde está hoy el Banco Länder, comencé a hablar de asuntos importantes en forma tonta, grandilocuente, con aires de superioridad, orgullo, serenidad (que no era auténtica), frialdad (que sí lo era) y tartamudeando, como era normal casi siempre que hablaba contigo; les eché en cara el haberme dejado en la ignorancia, el que unos compañeros hubieran tenido que ocuparse de mí, el haberme dejado expuesto a grandes peligros (aquí, de acuerdo con mi costumbre, mentía desvergonzadamente, a fin de mostrarme valiente, ya que debido a mi carácter miedoso no tenía una idea exacta de lo que pudieran ser “grandes peligros”), pero al final di a entender que ahora, por suerte, ya lo sabía todo, no necesitaba consejo alguno y todo estaba en orden. De cualquier manera, el motivo principal para haber comenzado a hablar era el placer que me producía tocar ese tema, luego también por curiosidad y, por último, también para vengarme de ustedes de cualquier manera y por cualquier motivo. Tú, de acuerdo con tu carácter, tomaste el asunto con suma sencillez; dijiste tan sólo, más o menos, que podías darme un consejo para que yo pudiese seguir en esas cosas sin peligro. Quizá mi propósito fuera justamente inducirte a una respuesta semejante, que se avenía muy bien con la concuspicencia de un niño bien alimentado con carne y con buenos manjares, físicamente inactivo y siempre ocupado de sí mismo, pero, no obstante, mi vergüenza exterior quedó tan herida con ella, que ya no pude, en contra de mi voluntad, seguir hablando contigo, de modo que interrumpí la conversación con altiva insolencia.
(…)
Su significado, real, que ya aquella vez se grabó en mí pero que sólo después llegué a comprender, y a medias, era el siguiente: aquello que me aconsejabas era, según tu opinión y más aún en la mía de entonces, lo más sucio posible. Tu cuidado para que no llevara, físicamente, nada de esa suciedad a casa, era asunto secundario, porque con ello únicamente te protegías tú, tú casa. Lo principal era, más bien, que permanecieras ajeno a tu consejo: un hombre casado, un hombre puro, que estaba por encima de esas cosas. Esta interpretación se agudizó más aún para mí por el hecho de que también el matrimonio me pareciese una unión indecente y, por lo tanto, me fuese imposible aplicar a mis padres aquellas generalidades de que había enterado con respecto al matrimonio. Por ello, tú resultabas todavía más puro, te elevabas más aún. La idea de que tal vez antes de tu matrimonio te hubieses dado a ti mismo un consejo semejante, me parecía por completo inconcebible. Así, no quedaba en ti ni el menor vestigio de suciedad terrena. Y eras tú, justamente, quien me empujaba a esa suciedad, como si yo estuviese destinado a ella. Si en ese momento el mundo hubiera estado formado por tú y yo (imagen que siempre estaba bastante cerca de mí), entonces la pureza del mundo finalizaba contigo, y comenzaba conmigo, por obra de tu consejo, su suciedad. Por sí solo, era en verdad incomprensible el hecho de que me sentenciaras de ese modo: sólo podía explicármelo una culpa antigua y el más profundo desprecio de tu parte. Y con ello, una vez más, estaba atrapado, y por cierto rigurosamente, en mi fuero más íntimo.
ibid, p. 56-58
“Supongo que ella se habrá puesto alguna blusa llamativa, como suelen hacerlo las judías de Praga, y acto seguido, naturalmente, te decidiste a casarte con ella. Y eso cuanto antes, dentro de una semana, mañana, hoy. Yo no te entiendo: eres un hombre grande, vives en la ciudad y no encuentras nada mejor que casarte en seguida con una cualquiera. ¿No hay otras posibilidades? Si no te atreves, yo iré contigo, personalmente.”
ibid, p. 58
¿Por qué, entonces, no me casé? Había, como siempre las hay, algunas dificultades, pero la vida consiste ciertamente en aceptarlas. La dificultad esencial, independiente por desgracia del caso en sí, era que, a ojos vista, soy espiritualmente incapaz de casarme. Esto se manifiesta en el hecho de que, desde el momento en que adopto la decisión de casarme, ya no puedo dormir, la cabeza me arde día y noche, la vida ya no es vida, y desesperado, ando tambaleándome de un lado a otro. No son en realidad las preocupaciones las que producen esto, si bien las acompañan inquietudes infinitas, surgidas de mi pesadez y pedantería, pero ellas no son lo decisivo, aunque consumen como gusanos su tarea en el cadáver; las que me derriban definitivamente son otras causas: la presión general del miedo, la debilidad, el menosprecio de mí mismo.
ibid, p. 60





Comentarios en una aula de la UCM sobre el texto de Kafka.

viernes, 19 de enero de 2018






EL CIELO es un inmenso relieve
de azul perla hasta allá,
hasta el horizonte que se me pierde
con la mar que lo levanta.
Más cerca, alguna nube de tornasol
da alas a un pajarillo que picotea
el perfil rugoso de una palmera.
Una tenue brisa derrama
sobre los ligeros plumeros
la nana que la mar canta
cuando la piel de la noche
se humedece en espumas y almohada de arena.
El cielo ya es uniforme, casi inexistente,
mientras un aroma embriagador de jazmín
me rodea con sus brazos de flores blancas,
y a los sones de unos grillos
me escapo, como última gaviota vespertina,
en busca de mi propia piel de noche.





De "Poemas de tinta y aire" . Noviembre 2007.

miércoles, 10 de enero de 2018






A UN LADO el hueco de tus esencias.
En el otro, tus huellas por recuerdo
sobre la almohada curva que muerdo;
                                   cuna vacía de tus presencias,

olas y arenas de tus esencias,
senda en la que me dejo y aún me pierdo.
¡Ahora recuerdo más tu recuerdo!
Encima, el jardín de tus delicias

floridas al calor azafranado
de tus ojos, al rocío copioso
de tus labios en néctar perfilados:
                                   ¡ambrosías y vientos de los míos!

Debajo, el mundo de piedra y cemento
que me aleja de ti y de tu almohada.








Del poemario "Palabras de tinta y aire". Noviembre de 2007.

domingo, 3 de diciembre de 2017







La rigidez no es mármol sin gubia,
no están en las rocas salvajes de los horizontes,
ni se alinea dentro de los huesos
de los muertos,
no se escapa por el extremo del pene
ni se sustenta en el óxido antes fundido,
no es el clavo del desnudo frío
atravesando la piel de los vivos,
tampoco sotanas a cercén de hálitos
desde los escalones fundamentalistas de los púlpitos.
No habita las paredes
que tras un cerrojo se descomponen,
no es la resistencia del grillete
a la largura de un paso,
ni es el alquitrán gélido
ante el perfil de una huella,
no es la raíz del pino que clava su vida
hasta lo profundo de la tierra,
ni la tabla de logaritmos
que no dejan más cánones que sus propios guarismos.

La rigidez está en la mirada - cuando vemos -,
de nuestros ojos de bronce,
en el tintineo del dinero sobre el cristal de un platillo ajeno,
es el hongo engullidor de una bomba,
se incrusta en el silbido de una bala sanguinosa,
está en la congoja de una despedida impuesta,
es un rostro de un niño sin sonrisas,
se encierra en una mano hecha puño que golpea,
está en la amistad manipulada,
se hace lanza en una cama abandonada.
Se alimenta de la ausencia de palabras,
crece dentro del segundo en el que no se deja residir,
está en el secuestro del individuo
por la globalización predadora, ávida sólo de beneficio dinerario
que el hambre de un hermano da.

La rigidez es saber de la penuria de un extraño
y ejecutarla - lo antes posible - , por causa sumarísima,
aun del sufrir del extraño.
Ella está en los genes que, de los pilares
más primarios, aún encadenan a todos los de apellido <humano>.







De " Palabras de tinta y aire" Madrid, noviembre de 2007-