lunes, 12 de enero de 2026

TRES DÍAS CON MI TÍO JUAN.

 




Durante tres días convivieron como si el tiempo hubiera decidido plegarse sobre sí mismo y dejarles, en ese doblez, un espacio estrecho pero suficiente. La casa del sobrino olía a madera vieja y a sopa recién hecha, una mezcla que al tío le resultaba familiar, como si siempre hubiera estado ahí, aguardándolo. Al llegar, el sobrino lo recibió con una sonrisa que florecía por derecho natural. Se abrazaron sin decir nada. En ese gesto breve se acomodaron años, llamadas y visitas prometidas.

El primer día transcurrió entre silencios largos y palabras pequeñas. El sobrino se sorprendió al descubrir que no había urgencia por llenar los huecos. El tío hablaba despacio, no tanto por debilidad como por una nueva manera de elegir las palabras, de paladearlas antes de soltarlas al aire. Recordaron veranos ya pasados, de inviernos en el pueblo; las morcillas recién hechas, el cabrito guisado para el día de año nuevo, los alfajores, El tío se reía con una risa breve, pero sincera y en cada una parecía gastar algo precioso. Aun así, no se detenía.

Por la tarde, el sobrino ordenó algunos estantes de libros. Entre ellos había unas cuantas esculturas. Cada objeto era una puerta. El tío observaba desde la mesa, como si vigilara un territorio que pronto dejaría de ser suyo. Cuando el sobrino le mostró una de las esculturas de bronce que el tío hizo y le regaló años antes, este contó la historia otra vez, aunque ambos la sabían de memoria. La repitió no para informar, sino para confirmar que todavía estaba allí, que su voz aún podía sostener un relato completo. La noche llegó temprano. Cenaron poco. El tío se cansó de pronto, como si el cuerpo hubiera decidido apagar una luz sin avisar. Antes de dormir, el sobrino se quedó un rato sentado en el sofá.

El segundo día amaneció con claridad. El tío estaba de humor. Hablaron del presente de cada uno, de cosas serias, pero sin solemnidad. El tío no se disculpaba ni se justificaba; simplemente enumeraba, como quien hace inventario antes de cerrar una casa. En un momento, miró al sobrino con una atención nueva. Siguieron con sus charlas hasta que más tarde el cansancio volvió más espeso. El tío durmió largo rato en el sillón. El sobrino lo observó, memorizando la curva de la frente, la mancha en la mejilla, la forma en que las manos, incluso dormidas, parecían buscar algo. Esa noche hablaron del final sin nombrarlo. El tío dijo que no tenía miedo, solo curiosidad. El sobrino no supo qué responder. Comprendió que su papel no era tranquilizar ni prometer, sino estar, permanecer, acompañar ese tránsito lento como se acompaña a alguien hasta la puerta, sabiendo que no se cruzará el umbral.

El tercer día fue breve. El tío casi no habló. Cada frase parecía costarle un esfuerzo, como si el lenguaje se hubiera vuelto una lengua extranjera. Aun así, pidió que abriera la ventana al sobrino. Quería oír la calle, los ruidos comunes, la vida que seguía ocurriendo. El sobrino se sentó a su lado y le tomó la mano. Era más liviana de lo que recordaba, pero el apretón fue firme. No hubo despedidas grandilocuentes. Solo un “gracias” apenas audible y una mirada larga, sostenida, en la que el sobrino creyó reconocer algo parecido al orgullo. Cuando el tío dejó la casa, el sobrino supo que algo se había afianzado de manera irreversible; una convivencia plena, sin comprimir, revelaciones para atesorar, la certeza de haber estado y compartido el tiempo que su tío le regaló y eso, pensó, al quedarse solo, era suficiente.

domingo, 11 de enero de 2026

DE "NO SOY DE CRISTAL".


 


FRÍO.

 

En una tarde de invierno,

de esas con cielo abierto hasta el limpio azul,

la fina hoja de un viento menudo

se clava en mi sangre como clavo de ataúd,

me atraviesa como un pámpano el mantel blanco de nieve,

aún sin pasos, sin manchas del destino que seguro se pasará.

Y ahora, ya más noche que tarde, la calle imagina fantasmas

de manos cogidas, de ojos que se buscan,

de abrigos que comparten los amantes,

o de simples pasos hacia algún lugar que llegar.

 

En el frío del invierno me siento más piedra,

una quietud sin quererla, un beso al aire,

muy vacío del minuto, y aún así tengo las alas

sobre una brizna de hierba, ya casi negra,

para dejarme ir sobre los hilos de la telaraña

y caer en el surco del viento por sentir.

 

En una tarde de invierno

la memoria no me separa de lo que soy,

el deseo de lo que seré

y ni el frío me asusta de lo que habré sido.

POEMA DEL LIBRO " NO SOY DE CRISTAL".

 


TRÁNSITO.

 

 

 

La nueva brisa emerge

desde los árboles

que intuyo aún con mis ojos cerrados

y me dejo llevar, en misterio profundo,

hasta el silencio del antes,

de un día numerable.

 

Y con el viento que al mundo mueve

me abandono hasta el perfil

de mi propio retrato,

hasta mi interior que me forja sin atajo

para aventura de mis únicas iniciales.   

 

RESUMEN DEL POEMARIO "NO SOY DE CRISTAL".

 




 

 

 

 

 

 

 

_______________________________

 

 El Hombre de cristal terminará por romperse, aun sin saberlo. Dentro de estos poemas, el autor se pone ante la realidad que sabe devoradora si no se disuelve en ella.  Por eso, Manuel, en su escritura, es el quien se agota, el que se despierta, el que se sabe solo o el que está bajo una tormenta, para decirnos que no sufre el suspiro o que no se siente como la mojada una piedra. En los versos que aquí nos muestra hay instantes, actos, palabras, pequeños pellizcos de la realidad cotidiana que son los que hacen sentirse vivo al autor, intentando alejarse, o más bien desnudarse, de los idealismos y sentimentalismos que en estos tiempos fluyen como veneno por cualquier vertiente social que analicemos. Quiere ser protagonista de su ruptura, vivirla y así ser consciente de él mismo. De lo que él es.

En esta obra de Manuel se nos presenta, unidas, dos vertientes muy diferentes: el aprendizaje del desengaño como método para vivir y su vida misma, que son cosas muy diferentes. En cualquiera de los casos será el lector el que tenga que descubrir, a través de la reflexión poética, el momento en que cada verso ancla su sentido. Quizá sea una trampa que pone Manuel al lector, o quizá sea todo lo contrario. Sólo hay una manera de saberlo; entrar en el espacio creador del autor.

Las palabras son los instrumentos que atan a Manuel a la realidad, las cadenas que lo sujeta a ella sin más alegatos. Escribe las frases, los versos sabiendo que él se cansará. Se pone bajo una higuera para oler los higos y refugiarse, él, bajo la sombra del sol de verano, y no para relajar su brazo en conceptos de tinta, o para saborear la fruta de unos supuestos dioses.

Los versos de esta colección nos hablan de tiempo consumido. Ese mismo tiempo no, pero sí otro, en presente o como futuro, está marcado en estas paginas que espero sean un regalo para el lector.

 

 

miércoles, 27 de enero de 2021

SONETO ELEGIACO A PEDRO PABLO POLO ASENSIO.






 

De cuajo, el hacha en tajo, en oscuridad,

 cerró tus carnes, hurtó en sí tu viento,

 te llevó en su boca como alimento,

 raptó perenne tu umbría intimidad

 

 en yunque sin pendiente. Malignidad

 del hacha, en tajo fino y sediento

 del licor de tu pecho, sarmiento

 seco por tu halo de fecundidad

 

 que fue tu vendimia. Aquí el mundo

 rota de su noche a su día, sin más,

 guión único, natural, rotundo.

 

 Pero a mí la oscuridad dónde estás

 me duele, de la vista a lo profundo,

y en mi voz, tu muerte está en el jamás.

 

 

 Madrid, 24 de enero de 2021.

                                                                                                                                                                    

 

jueves, 13 de agosto de 2020

DE MAÑANA.

 

POEMA.







Ya el gallo cantó. El sol se abre paso

Hasta las alturas de los árboles

que regalan sus verdes oscuros en vivaz brisa atemperada, aún, de noche

gustosa por las sábanas sobre los cuerpos desnudos.

Los pasos dentro de la casa van sonando

hacia la vivaz meta del día que se abre,

como el cielo está, entre el pan tostado,

con el baile de tomates, de aceite y de ajo,

sobre la mesa de muchos tiempos heredados.

Una hermana me llama. Y salgo de los mundos

que la higuera me regala con sus sombras

de raíz húmeda e higos maduros,

con su olor que me da lo que ahora soy.

Una hermana me llama; ¡voy!¡ya voy!


El Brezo, 13 de agosto de 2020.

domingo, 9 de agosto de 2020

ROMANCILLO A MIS AMIGAS DE JAÉN.














Te voy a cantar una historia

joven de parca lengua,

para que en tu camino,

espero de muchos días,

te sea de apoyo y no de mengua

en tu saber y sabiduría.





Nací en la tierra de los olivares,


de sierras ocres, de campiñas

varias según el viento sus cantares.

Se llama Jaén y en lejanos

años, otros nombres les dieron

los que allí su sangre dejaron.

Pues ahí, y en la dulce infancia,

conocí a una risueña niña

y al poco, como de natural es la lluvia,

estábamos jugando calle arriba o calle abajo

al son del alto y viejo campanario.

La niña se hizo zagala

y yo muchacho imberbe,

dejando las correrías

por paseos y algunas veladas

que parecían ser de mayor importancia.

Las primaveras fueron pasando

como llegando más amigas

y más muchachos de barbas rasurando.

Pero tres los nombres te daré;

Carmen, la de mi infancia,
ágil y nerviosa como el rabo de una lagartija.

M Carmen: de las horas
hacía siestas que de agua estaban secas.

Victoria; de las tardes de terraza
era sudor su espera hasta que el gallo cantaba.

Con las tres sigo la amistad

por ventura y, con los tiempos pasados,

cada cuál vivió por fortuna

sus deseos de hacer vida

y traer hijos a este mundo

que, como Quijote, no es por locura

sino por libertad que a aquella sólo se le ventura.

¡ Y créeme muchacho!, a esta edad

en la que sé menos por conocer más,

sigo junto a aquellas tres zagalas

brindando del vaso de la amistad

para saborear de la ambrosía

que da el fruto de saberse amigo.



¡No me mires así chaval!

que aunque te digan lo contrario

lo único que elejirás en tus días

será a la mujer que te ame

y a los pocos amigos que te agranden

el surco que al final dejarás

en las manos o en la memoria

de los que viste  y tocaste,

pues el viento de este mundo

te borrará como una estela de mar

aún estés en lo alto o en lo profundo

de la estepa que tienes que andar.




El Brezo, ocho de agosto de 2020.