jueves, 22 de enero de 2026
POEMAS DE JUVENTUD.
POEMA DE JUVENTUD.
(02.07.1979)
jueves, 15 de enero de 2026
POEMA DE "NO SOY DE CRISTAL".
VUELTA AL ENCUENTRO.
En el yermo de las agujas del reloj
me
planto, con la mirada, aún no vencida,
con
mis manos llenas de húmeda tierra
en
desafío al mordisco del viento que todo quiere llevarse
sin
nombres, sin palabras ni acentos.
Con
mis puños cargados de tierra,
me
acercaré a la mudez del Hombre,
y
a él, le invitaré a tocar la tierra
que
soy, que llevo.
Le
enseñaré a olerla, que sienta su movimiento,
que
palpite junto a ella como entonces,
luego
de miles de días y también de noches,
como
hacía en el regazo de vida por luchar.
Con mis puños cargados de tierra,
inventaremos un abecedario, nuevas estrellas
que pondremos, como chinchetas, en el tapiz
de la noche.
Y quizás, sólo quizás,
nos llamemos en la voz que siempre nos
enlazó.
Pero
si no, seguiré camino
por
este yermo, hasta que el vuelo de la palabra
me
devuelva la identidad
de
lo que soy y siento.
Caminaré
sin flaquear,
y
si me aparezco en el espejo del desánimo,
apretaré mis puños llenos de tierra
y
volveré a ser ella, a respirarla como aliento sagrado,
para
luego, seguir, seguir la busca,
hasta
el confín de otro Hombre.
Y
no me agotaré porque soy tierra,
porque
llevo luna y sol, porque soy árbol,
y
también lluvia, río y mar.
¡Y
esperaré!, esperaré una voz que me nombre
con
mis puños cargados de tierra.
Y
aún en silencio, continuaré, estepa abierta,
sobre
el blanco que sostiene los mediodías
hasta
que mi saber sea amamantado por el fruto
de
los olivos, hasta ser brisa rizada
de
las olas, o la mar que besa la tierra.
También
seré acantilado, para bajarlo
desde
mi vista curiosa,
o
subirlo por la cicatriz del eco,
rompiendo
mis vestiduras,
en
la sinrazón de un canto de sirenas.
Me
avisaré en viento a la lluvia,
en
ocaso a los astros por venir,
al
ahora que busco y que escribo.
Me
anunciaré a todos, a ti y a mí,
y
empujaré a las nubes, animándolas
en
su huida, de sus sombras frías, lóbregas
que
en ayeres nos fijaron las sangres.
Y
el calor será para todos,
Sí,
para ti y para mí también, ya que te nombraré
o
me nombrarás con voz nueva para inicio de amaneceres.
Entonces,
los dos, si la palabra floreciera,
iniciaríamos
unos pasos en tierra húmeda,
hollándola
por el peso de lo que somos,
y
jacintos, laureles, albahacas y tomillos
colgarían
sobre el cuello de Eolo,
en
el apéndice de un creciente mundo
como
regalo al desnudo de toda Atenea.
Nos
elevaremos, por las eras del mármol,
proclamando la palabra en palpitaciones
de
un viento no engendrado en la oscuridad,
ni
en la cueva, y sí, al céfiro abierto desde los mismos
brazos
del sol. Invitaremos a quienes nos oigan,
y
a los otros, con más deseo si cabe,
a
escuchar la hierba que crece, la sinfonía
del
orto antes de moverse.
Veremos
el baile del búho y de la alondra
como
de la naturaleza su haz brillante
por
justo cumplimiento,
o
de la vid su rito vendimiado.
Nos
detendremos más cerca del silencio
hasta
que, por sorpresa del respiro,
mil
y más, muchas más palabras,
resuenen
en las grietas de las piedras
para
nacimiento, en ese instante,
de
lo no encontrado y quizá dicho.
Y
la esperanza, vendrá, con pálpito,
en
busca de la voz que no cesa
del
Hombre que se nombra, que se llama,
y
oye el eco del otro que le canta desde otros nombres.
lunes, 12 de enero de 2026
TRES DÍAS CON MI TÍO JUAN.
Durante
tres días convivieron como si el tiempo hubiera decidido plegarse sobre sí
mismo y dejarles, en ese doblez, un espacio estrecho pero suficiente. La casa
del sobrino olía a madera vieja y a sopa recién hecha, una mezcla que al tío le
resultaba familiar, como si siempre hubiera estado ahí, aguardándolo. Al
llegar, el sobrino lo recibió con una sonrisa que florecía por derecho natural.
Se abrazaron sin decir nada. En ese gesto breve se acomodaron años, llamadas y
visitas prometidas.
El
primer día transcurrió entre silencios largos y palabras pequeñas. El sobrino
se sorprendió al descubrir que no había urgencia por llenar los huecos. El tío
hablaba despacio, no tanto por debilidad como por una nueva manera de elegir
las palabras, de paladearlas antes de soltarlas al aire. Recordaron veranos ya
pasados, de inviernos en el pueblo; las morcillas recién hechas, el cabrito
guisado para el día de año nuevo, los alfajores, El tío se reía con una risa
breve, pero sincera y en cada una parecía gastar algo precioso. Aun así, no se
detenía.
Por
la tarde, el sobrino ordenó algunos estantes de libros. Entre ellos había unas
cuantas esculturas. Cada objeto era una puerta. El tío observaba desde la mesa,
como si vigilara un territorio que pronto dejaría de ser suyo. Cuando el
sobrino le mostró una de las esculturas de bronce que el tío hizo y le regaló
años antes, este contó la historia otra vez, aunque ambos la sabían de memoria.
La repitió no para informar, sino para confirmar que todavía estaba allí, que
su voz aún podía sostener un relato completo. La noche llegó temprano. Cenaron
poco. El tío se cansó de pronto, como si el cuerpo hubiera decidido apagar una
luz sin avisar. Antes de dormir, el sobrino se quedó un rato sentado en el
sofá.
El
segundo día amaneció con claridad. El tío estaba de humor. Hablaron del
presente de cada uno, de cosas serias, pero sin solemnidad. El tío no se
disculpaba ni se justificaba; simplemente enumeraba, como quien hace inventario
antes de cerrar una casa. En un momento, miró al sobrino con una atención nueva.
Siguieron con sus charlas hasta que más tarde el cansancio volvió más espeso.
El tío durmió largo rato en el sillón. El sobrino lo observó, memorizando la
curva de la frente, la mancha en la mejilla, la forma en que las manos, incluso
dormidas, parecían buscar algo. Esa noche hablaron del final sin nombrarlo. El
tío dijo que no tenía miedo, solo curiosidad. El sobrino no supo qué responder.
Comprendió que su papel no era tranquilizar ni prometer, sino estar, permanecer,
acompañar ese tránsito lento como se acompaña a alguien hasta la puerta,
sabiendo que no se cruzará el umbral.
El
tercer día fue breve. El tío casi no habló. Cada frase parecía costarle un
esfuerzo, como si el lenguaje se hubiera vuelto una lengua extranjera. Aun así,
pidió que abriera la ventana al sobrino. Quería oír la calle, los ruidos
comunes, la vida que seguía ocurriendo. El sobrino se sentó a su lado y le tomó
la mano. Era más liviana de lo que recordaba, pero el apretón fue firme. No
hubo despedidas grandilocuentes. Solo un “gracias” apenas audible y una mirada
larga, sostenida, en la que el sobrino creyó reconocer algo parecido al
orgullo. Cuando el tío dejó la casa, el sobrino supo que algo se había afianzado
de manera irreversible; una convivencia plena, sin comprimir, revelaciones para
atesorar, la certeza de haber estado y compartido el tiempo que su tío le
regaló y eso, pensó, al quedarse solo, era suficiente.
domingo, 11 de enero de 2026
DE "NO SOY DE CRISTAL".
FRÍO.
En una tarde de invierno,
de esas con cielo abierto
hasta el limpio azul,
la fina hoja de un viento
menudo
se clava en mi sangre
como clavo de ataúd,
me atraviesa como un
pámpano el mantel blanco de nieve,
aún sin pasos, sin
manchas del destino que seguro se pasará.
Y ahora, ya más noche que
tarde, la calle imagina fantasmas
de manos cogidas, de ojos
que se buscan,
de abrigos que comparten
los amantes,
o de simples pasos hacia
algún lugar que llegar.
En el frío del invierno
me siento más piedra,
una quietud sin quererla,
un beso al aire,
muy vacío del minuto, y
aún así tengo las alas
sobre una brizna de
hierba, ya casi negra,
para dejarme ir sobre los
hilos de la telaraña
y caer en el surco del
viento por sentir.
En una tarde de invierno
la memoria no me separa
de lo que soy,
el deseo de lo que seré
y ni el frío me asusta de
lo que habré sido.
POEMA DEL LIBRO " NO SOY DE CRISTAL".
TRÁNSITO.
La
nueva brisa emerge
desde
los árboles
que
intuyo aún con mis ojos cerrados
y
me dejo llevar, en misterio profundo,
hasta
el silencio del antes,
de
un día numerable.
Y
con el viento que al mundo mueve
me
abandono hasta el perfil
de
mi propio retrato,
hasta
mi interior que me forja sin atajo
para
aventura de mis únicas iniciales.
RESUMEN DEL POEMARIO "NO SOY DE CRISTAL".
_______________________________
En
esta obra de Manuel se nos presenta, unidas, dos vertientes muy diferentes: el aprendizaje
del desengaño como método para vivir y su vida misma, que son cosas muy
diferentes. En cualquiera de los casos será el lector el que tenga que
descubrir, a través de la reflexión poética, el momento en que cada verso ancla
su sentido. Quizá sea una trampa que pone Manuel al lector, o quizá sea todo lo
contrario. Sólo hay una manera de saberlo; entrar en el espacio creador del
autor.
Las
palabras son los instrumentos que atan a Manuel a la realidad, las cadenas que
lo sujeta a ella sin más alegatos. Escribe las frases, los versos sabiendo que él
se cansará. Se pone bajo una higuera para oler los higos y refugiarse, él, bajo
la sombra del sol de verano, y no para relajar su brazo en conceptos de tinta, o
para saborear la fruta de unos supuestos dioses.
Los
versos de esta colección nos hablan de tiempo consumido. Ese mismo tiempo no,
pero sí otro, en presente o como futuro, está marcado en estas paginas que espero
sean un regalo para el lector.

