jueves, 22 de enero de 2026

POEMAS DE JUVENTUD.

 





” Soledad de los días
tristes de invierno.
Hace frio en la calle,
los cristales empañados
por mi vaho van llorando
poco a poco; tienen frio.
La gente pasa deprisa
hacia sus casas. Buscan
disimular la soledad.
Yo lloro
y no tengo frio.
La tarde se difumina
como carboncillo entre los dedos,
y yo me extingo anónimo
sin saber por qué.
Estoy solo.
Estoy conmigo,
Yo lloro
y no tengo frio”.

                                                                                              (29.XII.1979)                                                                                                            

POEMA DE JUVENTUD.

 

                   



Vas a trabajar
como todos los días
y como todos los días
entras diciendo “buenos días”. “Rutina”.
Y así sigues la gran mayoría
de los días de tu vida
y termina tu vida y tus días
y como todos los días
nadie se preocupa
hasta que ya no tienes días.
Falta humanidad
como todos los días.


 

                                                                                                           (02.07.1979)                                                                                                

jueves, 15 de enero de 2026

POEMA DE "NO SOY DE CRISTAL".

 







VUELTA AL ENCUENTRO.

 

En el yermo de las agujas del reloj

me planto, con la mirada, aún no vencida,

con mis manos llenas de húmeda tierra

en desafío al mordisco del viento que todo quiere llevarse

sin nombres, sin palabras ni acentos.

Con mis puños cargados de tierra,

me acercaré a la mudez del Hombre,

y a él, le invitaré a tocar la tierra

que soy, que llevo.

Le enseñaré a olerla, que sienta su movimiento,

que palpite junto a ella como entonces,

luego de miles de días y también de noches,

como hacía en el regazo de vida por luchar.

   Con mis puños cargados de tierra,

   inventaremos un abecedario, nuevas estrellas

   que pondremos, como chinchetas, en el tapiz de la noche.

  Y quizás, sólo quizás,

  nos llamemos en la voz que siempre nos enlazó.

Pero si no, seguiré camino

por este yermo, hasta que el vuelo de la palabra

me devuelva la identidad

de lo que soy y siento.

Caminaré sin flaquear,

y si me aparezco en el espejo del desánimo,

         apretaré mis puños llenos de tierra

y volveré a ser ella, a respirarla como aliento sagrado,

para luego, seguir, seguir la busca,

hasta el confín de otro Hombre.

Y no me agotaré porque soy tierra,

porque llevo luna y sol, porque soy árbol,

y también lluvia, río y mar.

¡Y esperaré!, esperaré una voz que me nombre

con mis puños cargados de tierra.

Y aún en silencio, continuaré, estepa abierta,

sobre el blanco que sostiene los mediodías

hasta que mi saber sea amamantado por el fruto

de los olivos, hasta ser brisa rizada

de las olas, o la mar que besa la tierra.

También seré acantilado, para bajarlo

desde mi vista curiosa,

o subirlo por la cicatriz del eco,

rompiendo mis vestiduras,

en la sinrazón de un canto de sirenas.

Me avisaré en viento a la lluvia,

en ocaso a los astros por venir,

al ahora que busco y que escribo.

Me anunciaré a todos, a ti y a mí,

y empujaré a las nubes, animándolas

en su huida, de sus sombras frías, lóbregas

que en ayeres nos fijaron las sangres.

Y el calor será para todos,

Sí, para ti y para mí también, ya que te nombraré

o me nombrarás con voz nueva para inicio de amaneceres.

 

Entonces, los dos, si la palabra floreciera,

iniciaríamos unos pasos en tierra húmeda,

hollándola por el peso de lo que somos,

y jacintos, laureles, albahacas y tomillos

colgarían sobre el cuello de Eolo,

en el apéndice de un creciente mundo

como regalo al desnudo de toda Atenea.

Nos elevaremos, por las eras del mármol,

 proclamando la palabra en palpitaciones

de un viento no engendrado en la oscuridad,

ni en la cueva, y sí, al céfiro abierto desde los mismos

brazos del sol. Invitaremos a quienes nos oigan,

y a los otros, con más deseo si cabe,

a escuchar la hierba que crece, la sinfonía

del orto antes de moverse.

Veremos el baile del búho y de la alondra

como de la naturaleza su haz brillante

por justo cumplimiento,

o de la vid su rito vendimiado.

Nos detendremos más cerca del silencio

hasta que, por sorpresa del respiro,

mil y más, muchas más palabras,

resuenen en las grietas de las piedras

para nacimiento, en ese instante,

de lo no encontrado y quizá dicho. 

 

Y la esperanza, vendrá, con pálpito,

en busca de la voz que no cesa

del Hombre que se nombra, que se llama,

y oye el eco del otro que le canta desde otros nombres.

lunes, 12 de enero de 2026

TRES DÍAS CON MI TÍO JUAN.

 




Durante tres días convivieron como si el tiempo hubiera decidido plegarse sobre sí mismo y dejarles, en ese doblez, un espacio estrecho pero suficiente. La casa del sobrino olía a madera vieja y a sopa recién hecha, una mezcla que al tío le resultaba familiar, como si siempre hubiera estado ahí, aguardándolo. Al llegar, el sobrino lo recibió con una sonrisa que florecía por derecho natural. Se abrazaron sin decir nada. En ese gesto breve se acomodaron años, llamadas y visitas prometidas.

El primer día transcurrió entre silencios largos y palabras pequeñas. El sobrino se sorprendió al descubrir que no había urgencia por llenar los huecos. El tío hablaba despacio, no tanto por debilidad como por una nueva manera de elegir las palabras, de paladearlas antes de soltarlas al aire. Recordaron veranos ya pasados, de inviernos en el pueblo; las morcillas recién hechas, el cabrito guisado para el día de año nuevo, los alfajores, El tío se reía con una risa breve, pero sincera y en cada una parecía gastar algo precioso. Aun así, no se detenía.

Por la tarde, el sobrino ordenó algunos estantes de libros. Entre ellos había unas cuantas esculturas. Cada objeto era una puerta. El tío observaba desde la mesa, como si vigilara un territorio que pronto dejaría de ser suyo. Cuando el sobrino le mostró una de las esculturas de bronce que el tío hizo y le regaló años antes, este contó la historia otra vez, aunque ambos la sabían de memoria. La repitió no para informar, sino para confirmar que todavía estaba allí, que su voz aún podía sostener un relato completo. La noche llegó temprano. Cenaron poco. El tío se cansó de pronto, como si el cuerpo hubiera decidido apagar una luz sin avisar. Antes de dormir, el sobrino se quedó un rato sentado en el sofá.

El segundo día amaneció con claridad. El tío estaba de humor. Hablaron del presente de cada uno, de cosas serias, pero sin solemnidad. El tío no se disculpaba ni se justificaba; simplemente enumeraba, como quien hace inventario antes de cerrar una casa. En un momento, miró al sobrino con una atención nueva. Siguieron con sus charlas hasta que más tarde el cansancio volvió más espeso. El tío durmió largo rato en el sillón. El sobrino lo observó, memorizando la curva de la frente, la mancha en la mejilla, la forma en que las manos, incluso dormidas, parecían buscar algo. Esa noche hablaron del final sin nombrarlo. El tío dijo que no tenía miedo, solo curiosidad. El sobrino no supo qué responder. Comprendió que su papel no era tranquilizar ni prometer, sino estar, permanecer, acompañar ese tránsito lento como se acompaña a alguien hasta la puerta, sabiendo que no se cruzará el umbral.

El tercer día fue breve. El tío casi no habló. Cada frase parecía costarle un esfuerzo, como si el lenguaje se hubiera vuelto una lengua extranjera. Aun así, pidió que abriera la ventana al sobrino. Quería oír la calle, los ruidos comunes, la vida que seguía ocurriendo. El sobrino se sentó a su lado y le tomó la mano. Era más liviana de lo que recordaba, pero el apretón fue firme. No hubo despedidas grandilocuentes. Solo un “gracias” apenas audible y una mirada larga, sostenida, en la que el sobrino creyó reconocer algo parecido al orgullo. Cuando el tío dejó la casa, el sobrino supo que algo se había afianzado de manera irreversible; una convivencia plena, sin comprimir, revelaciones para atesorar, la certeza de haber estado y compartido el tiempo que su tío le regaló y eso, pensó, al quedarse solo, era suficiente.

domingo, 11 de enero de 2026

DE "NO SOY DE CRISTAL".


 


FRÍO.

 

En una tarde de invierno,

de esas con cielo abierto hasta el limpio azul,

la fina hoja de un viento menudo

se clava en mi sangre como clavo de ataúd,

me atraviesa como un pámpano el mantel blanco de nieve,

aún sin pasos, sin manchas del destino que seguro se pasará.

Y ahora, ya más noche que tarde, la calle imagina fantasmas

de manos cogidas, de ojos que se buscan,

de abrigos que comparten los amantes,

o de simples pasos hacia algún lugar que llegar.

 

En el frío del invierno me siento más piedra,

una quietud sin quererla, un beso al aire,

muy vacío del minuto, y aún así tengo las alas

sobre una brizna de hierba, ya casi negra,

para dejarme ir sobre los hilos de la telaraña

y caer en el surco del viento por sentir.

 

En una tarde de invierno

la memoria no me separa de lo que soy,

el deseo de lo que seré

y ni el frío me asusta de lo que habré sido.

POEMA DEL LIBRO " NO SOY DE CRISTAL".

 


TRÁNSITO.

 

 

 

La nueva brisa emerge

desde los árboles

que intuyo aún con mis ojos cerrados

y me dejo llevar, en misterio profundo,

hasta el silencio del antes,

de un día numerable.

 

Y con el viento que al mundo mueve

me abandono hasta el perfil

de mi propio retrato,

hasta mi interior que me forja sin atajo

para aventura de mis únicas iniciales.   

 

RESUMEN DEL POEMARIO "NO SOY DE CRISTAL".

 




 

 

 

 

 

 

 

_______________________________

 

 El Hombre de cristal terminará por romperse, aun sin saberlo. Dentro de estos poemas, el autor se pone ante la realidad que sabe devoradora si no se disuelve en ella.  Por eso, Manuel, en su escritura, es el quien se agota, el que se despierta, el que se sabe solo o el que está bajo una tormenta, para decirnos que no sufre el suspiro o que no se siente como la mojada una piedra. En los versos que aquí nos muestra hay instantes, actos, palabras, pequeños pellizcos de la realidad cotidiana que son los que hacen sentirse vivo al autor, intentando alejarse, o más bien desnudarse, de los idealismos y sentimentalismos que en estos tiempos fluyen como veneno por cualquier vertiente social que analicemos. Quiere ser protagonista de su ruptura, vivirla y así ser consciente de él mismo. De lo que él es.

En esta obra de Manuel se nos presenta, unidas, dos vertientes muy diferentes: el aprendizaje del desengaño como método para vivir y su vida misma, que son cosas muy diferentes. En cualquiera de los casos será el lector el que tenga que descubrir, a través de la reflexión poética, el momento en que cada verso ancla su sentido. Quizá sea una trampa que pone Manuel al lector, o quizá sea todo lo contrario. Sólo hay una manera de saberlo; entrar en el espacio creador del autor.

Las palabras son los instrumentos que atan a Manuel a la realidad, las cadenas que lo sujeta a ella sin más alegatos. Escribe las frases, los versos sabiendo que él se cansará. Se pone bajo una higuera para oler los higos y refugiarse, él, bajo la sombra del sol de verano, y no para relajar su brazo en conceptos de tinta, o para saborear la fruta de unos supuestos dioses.

Los versos de esta colección nos hablan de tiempo consumido. Ese mismo tiempo no, pero sí otro, en presente o como futuro, está marcado en estas paginas que espero sean un regalo para el lector.